(Artículo publicado el 1 de octubre de 2009)
La bancarrota de Palacio, con su cara de mujer, nos recuerda una obra del pintor inglés John Everett Millais en la galería Tate de Londres. El cuadro fascinante de Ofelia, la novia de Hamlet, flotando a media agua entre sauces y flores, con la conciencia adormilada, ausente en los sueños extraños en los que dejó para siempre la razón. “La dulce Ofelia, la razón perdida, cogiendo flores y cantando pasa”, había advertido antes el poeta.
La quiebra de las finanzas yucatecas tiene rostro de mujer, sí. Ni modo: Ivonne Ortega, como titular de la firma, está en la carátula del colapso histórico y su cortejo de partidas astronómicas, cuentas pendientes, pagarés reciclados, dispendios extravagantes y denuncias de latrocinio organizado e irresponsabilidad absoluta. Tal vez a unos de nuestros pincelistas, en un retrato de la época, se le ocurra pintar la insolvencia ataviada de hipil.
En estos comentarios sobre el susto económico, impresiones rectificables, no diagnósticos irreversibles, la señora Ortega navega por el cauce de los acontecimientos con la razón extraviada. La razón entendida como el poder de comprender el porqué y el fundamento del gobierno. El buen sentido, el sentido común de la administración pública.
Impávida, impertérrita, atraviesa el océano de la deuda sin que las olas encrespadas de la protesta alteren su rumbo, subsidiado por la Federación, hacia un nicho de prima donna en los retablos de Televisa, o hacia un anhelo sufragado con nuestros impuestos: el papel de diva estelar en el elenco de Sortilegio Dos. Eso dicen.
Como a la santa, nada la turba nada la espanta. Gobernar es coser y cantar. Viajar y bailar. Gastar con mano rota y regalar a diestra y siniestra. Viajar y estrenar atuendo y figura. Buscar y recoger las flores cultivadas, no silvestres, del halago popular, mientras las eminencias grises de por allá manejan el poder a control remoto para favorecer la meta política premeditada. Mientras la señora se entretiene, en tanto se distrae para distraernos, las segundas manos de aquí maniobran para invertir en las conspiraciones nacionales al estrellato el dinero que nos llega con trabajo y se nos va en un dos por tres. Eso dicen.
La señora se hace y deshace de cifras multimillonarias como se quita y se pone un par de aretes. Sin disgusto, se medio fija en las críticas y, divertida, o nomás curiosa, se las saca de encima como se tira al aire, o al suelo, con leve toque de dedos, esa pelusa que ha caído en la manga. Quienes ven en esto un desdén, una burla, se equivocan. No hay mala voluntad en ella: tampoco buena. Es cuestión de prioridades: sus intereses están ausentes en las quimeras de otros proyectos y las ansias de aquellas intenciones. Eso dicen.
Eso dicen algunas versiones que circulan sobre el sigilo cuasimonacal y el secreto de confesionario que encubren los destinos de los cuarenta mil millones de pesos que nos están dejando en la calle. La calle en la que transitamos del despilfarro a la limosna a la velocidad de tren bala. Versiones que, claro, pueden o no pueden coincidir con la realidad. Que son una aproximación a una de las causas del enredo macroscópico en que nos quieren meter. O sólo un sueño veraniego. Como “El sueño de una noche de verano”, también de Shakespeare, donde las fantasías desvían el curso de los acontecimientos.
Estas impresiones sobre el patatús financiero podrían estar fuera de órbita, es cierto, pero la verdad es que las críticas razonadas sin respuesta razonable no caen al vacío: cuando nos las queremos quitar de encima se las tiramos a alguien. Entonces, más temprano que tarde, la pelusa se convierte en lápida. Ya lo veremos.— Mérida, Yucatán, 30 de septiembre de 2009.
