(Primera Columna publicada el 31 de mayo de 2007)
Si la columna ha contado bien, desde los tiempos distantes de don Olegario Molina Solís, a principios del siglo XX, hasta las horas actuales de Ivonne Aracely Ortega Pacheco, alrededor de 60 gobernadores ha tenido Yucatán. Constitucionales, preconstitucionales, provisionales, interinos y electos. Unos 57 si queremos aproximarnos más a la exactitud.
El señor Molina estaba en Palacio cuando don Carlos R. Menéndez González afirmó el timón del primero de sus tres periódicos. Tres periódicos que tienen nombre distinto: la Revista de Mérida, la Revista de Yucatán y Diario de Yucatán. En realidad han sido sólo uno, como explicamos por última vez en el año 2000 cuando el tercero celebró sus bodas de diamante. Han sido uno nada más, porque, en sucesivas continuaciones, los fusionaron el mismo espíritu, idénticos ideales, exactos objetivos.
La mayoría de los 57 gobernadores han sido adversarios del periódico. Algunos lo fueron con nobleza, como don Olegario. Era porfirista y don Carlos, maderista, pero la contradicción ideológica no impedía la coexistencia política y social del mandatario honorable y el periodista independiente. Más tarde los uniría una amistad cimentada en el destierro que sufrirían por causas parecidas.
Aquellos ideales y objetivos fusionantes fueron el culto a la verdad, la libertad de expresión y la democracia. Una trilogía peligrosa para el tirano. Tan peligroso, que Alvarado, Iturralde, García Correa y otros de su ralea llevaron a extremos de violencia su necesidad de llamar al periodista. Atentados, despojos, persecuciones, clausuras, exilios… Nunca lo lograron.
Sobran los dedos de las manos para contar a los gobernantes que resolvieron en el campo del civismo, alguna vez de la amistad, sus discrepancias con el periódico, que se pasó el siglo XX en las filas de la oposición porque todos los gobiernos fueron de signo ideológico distinto cuando no opuesto.
El cambio en los 2000 ha sido como de la noche a la mañana. La victoria de un candidato de la oposición a la gubernatura, la primera en más de un siglo, bastante más, transformó nuestras contiendas políticas. La democracia, objetivo fundamental de todas las luchas, pasó al escaparate de los trofeos. Un trofeo que acaba de recibir, en las elecciones de mayo de 2007, un reluciente certificado de salud con el segundo triunfo consecutivo de la oposición, en un clima de respeto a la voluntad popular y la decisión de las autoridades que nos honra ante el país. A la vista se nos extiende un horizonte risueño. El horizonte de la alternancia. La alternancia que es una invitación a que los vencidos se enmienden y los vencedores se vean en ese espejo.
El contraste con los 1900 es elocuente. Daremos un ejemplo. Una diferencia de mil votos entre el triunfador y el derrotado terminó sin falta en un fraude seguido de un escándalo. Ahora acabamos de ver que el contendiente que perdió la alcaldía meridana por un millón de votos reconozca su revés en santa paz.
Ya no somos los mismos. En el nuevo campo de batalla todos tenemos derecho a la participación. El derecho a demostrar que también nuestra intención, por censurable que haya sido ayer, merece hoy nueva oportunidad. Diario de Yucatán lo entendió así. Confiado en que la democracia era ya trofeo, trofeo de todos, no meta, meta de algunos, abrió sus páginas al abanico diverso de las ideologías y las variopintas pretensiones electorales. En Yucatán, si nos llevamos con civismo, caben todas las banderas. Si el progreso de Yucatán, no mío o de mi partido, es lo que busco, no habrá regreso al siglo XX.
Queden el culto a la verdad y la libertad de expresión como guardianes de esta democracia que nuestro fundador, don Carlos, sembró con denuedo y perseverancia sin llegar a ver el fruto. Es una herencia, monumento y faro a la vez, que agradecemos y refrendamos en este 31 de mayo en el que Diario de Yucatán cumple 82 años de vida por la gracia de Dios y la voluntad de nuestro fiel y querido, buen público peninsular.
