(Primera Columna publicada el 18 de noviembre de 2007)

Los lectores de la columna saben ya que el jurisperito siciliano don Vittorio Emmanuele Zerbbera, doctor en mafias, ha trasladado su residencia a Mérida. Ha venido a investigar el arraigo del crimen organizado en Yucatán y aplicar el fruto de sus investigaciones a la lucha contra el hampa en Sicilia y otros enclaves mediterráneos de la cosa nuestra y el ala fundamentalista de la francmasonería.

En el cumplimiento de esta misión que le fue asignada por la Universidad de Palermo, don Vittorio, una vez instalado en la banca de costumbre, rogó a César Pompeyo y al reportero que lo instruyeran sobre las causas y consecuencias del “affaire” Guzmán (se pronuncia “afer”, con acento en la e), asunto que la jefatura de los “carabinieri” (policía italiana) estudia con interés en su cuartel general de Roma. Interés debido a ciertas semejanzas de este notorio caso yucateco con los procedimientos de la camorra napolitana y la carbonaria calabresa.

En el renglón de las causas, el señor Pompeyo hizo un resumen ponderado de los argumentos de la contraloría al acusar a José Carlos Guzmán Alcocer, ex jefe de nuestros suelos. Lo responsabiliza de un daño de 500 millones de pesos al patrimonio del Estado en la venta de terrenos a Emilio Gamboa, Jack Nicklaus —el rey del golf— y otros notables de aquí y allá. Los terrenos para la fundación y desarrollo del Country Club.

—Permítame, don César, una rectificación —interviene el reportero—: no se trata del señor Gamboa, sino de su tocayo, don Emilio Díaz. Se dice que el diputado está invirtiendo gruesas sumas por acá en bienes raíces, pero hasta donde sabemos no figura en la nómina de Chablekal. Es cierto que guarda antigua y estrecha amistad con alguno de los socios del Country, tan antigua, estrecha y firme que, si son ciertos los rumores que circulan, está muy sorprendido por la rapidez con la que la procuraduría ha obsequiado los deseos de la contraloría y muy asombrado también por la prontitud con la que el ministerio público ha accedido a expedir su ya famosa orden de arraigo domiciliario contra el ciudadano Guzmán.

Después de anotar, en su libreta de apuntes, la aclaración procedente del periodista sobre los Emilios, don Vittorio solicitó una aclaración de los delitos atribuidos al arraigado.

—La acusación principal es de carácter dogmático —ilustra Pompeyo—: Guzmán Alcocer no se basa en el “costo referenciado” al vender los terrenos al consorcio internacional. Primer ilícito.

—Perdóneme, pero no “capisco” (entender en italiano) nada —protesta don Vittorio.

—Yo tampoco —responde don César—. Hay la vehemente sospecha de que nadie sabe qué es eso de “referenciado”. Ni siquiera el vocero de los tasadores. Por eso le digo que es una acusación dogmática. Como el dogma de la Santísima Trinidad. Nadie lo entiende, pero hay que acatarlo. Amén.

— ¿Qué es eso del arraigo? —inquiere Zerbbera—. En Italia no lo conocemos. No tengo noticias de lo que existe en la Unión Europea. Tal vez en el corazón de África, pero no estoy seguro.

—Es un procedimiento bíblico infalible —instruye Pompeyo—. Tiene sus raíces —arraigo viene de raíz, echas raíces donde te ponen—, tiene sus raíces, repito, en la Ley de Herodes. Por favor, reportero, explícale a nuestro amigo la mecánica de esta ley.

En voz baja, boca con oído, el periodista susurra al siciliano una exposición sucinta de las aplicaciones metalegales de esta legislación inexpugnable. El señor Zerbbera (con doble be) abre su libreta y apunta: “Recomendar la Lex Erodes: si no te jinggas, te choddes”.

—¡Santo Dios, don Vittorio!, ¿cuándo van ustedes a aprender el español? —observa el reportero.

—No blasfemes, periodista. No metas al Ser Supremo en este arraigo. Esos dogmas y tratamientos bíblicos que tú publicas con lujo de detalles son eficaces pero no tienen nada de santos. Recuerda que uno de los ideólogos del arraigo fue un ateo, Voltaire (se pronuncia Volter, con acento en la e).

—¿Qué tiene qué ver Voltér con el afér Guzmán? —reacciona, más sorprendida que Emilio, el erudito en mafias.

—Es una interpretación aplatanada de la célebre jurisprudencia de Voltér: “Calumnia, calumnia, que algo quedará” —expone don César—. Aquí, en los brazos de la justicia DI, hemos incorporado a nuestros procesos judiciales la consigna de: “Arraiga, arraiga, hasta que caiga”. Cuando empiezas a arraigar, no hay poder humano que te pare. Es como esas papitas: no puedes comer sólo una. Este año vamos a romper y mejorar el récord cósmico de arraigos. Como no tenemos competidores…

—Tampoco tenemos competidores —prosigue— en otro de los relieves de este después. Otra acusación que pesa sobre el ciudadano José Guzmán Pacheco es demoledora, invencible, inatacable…

—Dispense usted, don César, pero ya se volvió a equivocar. Ese señor es el procurador —rectifica el reportero—. A menos, claro, que usted esté futuro y piense que al final veremos a José Guzmán Pacheco arraigado y José Guzmán Alcocer en la procuraduría.

— ¿Cuál es esa acusación inatacable, demoledora ? —presiona el siciliano.

—El robo descalificado, don Vittorio. Nuestra procuraduría tiene fe pública. Cuando acusa de robo no tiene necesidad de probar y menos, por lo tanto, de calificar. Es un absurdo jurídico inadmisible que se pretende calificar lo que no se conoce. No hay manera de atacar esta carga de robo descalificado. El reo no tiene defensa. No le queda otra salida que el arraigo.

—¿De dónde tomó esto? —exclama, admirado, el signore—. ¿Del Antiguo Testamento? ¿Del Derecho Romano? ¿Del Código Napoleónico?


—Frío, frío, Vittorio —indica, orgulloso, el señor Pompeyo—. El robo descalificado es una especialidad de la casa. Recuerde, por favor, que usted está en tierra de inventores. Empezamos por inventar el cero. Junto con el cero, nuestros antepasados ​​mayas nos legaron su tendencia a la innovación. El robo descalificado es inventado nuestro. Somos hoy en Yucatán, caro amigo, el laboratorio mundial de la ciencia penal. Por sí sola, esta revolución DI en el territorio de la justicia sobra y basta para una conferencia magistral en la cátedra de criminalística de su Universidad de Palermo.

—Me van a preguntar en Palermo qué es eso de DI Ya lo dijo usted dos veces.

A instancias de Pompeyo, el reportero, en voz casi inaudible, musita a Zerbbera, boca con oído, la explicación pertinente. El italiano abre su libreta y apunta: “Recomendar Justicia AI, antes de Iván, y justicia DI, después de Iván”.

—Primero traslapa usted las consonantes y ahora confunde usted las vocales —protesta el reportero—. Es Iván con “o”.

—Mucho cuidado con lo que vas a publicar, periodista. No sea que tú y yo terminemos arraigados como Guzmán Pacheco.

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