(Primera Columna publicada el 28 de septiembre de 2008)

Ayer, en la Plaza Grande, don Vittorio Zerbbera (con zeta y doble be) pidió disculpas a César Pompeyo y al reportero. Sin despedirse se fue a Sicilia, convocado para asistir en la Universidad de Palermo y su Comisión contra la Cosanostra (CCC) a una asamblea de emergencia sobre la intervención de la mafia italiana en los proditorios crímenes que están afectando la tranquilidad y el sueño de buen número de mexicanos.

—Vittorio —preguntó Pompeyo—, ¿qué podemos esperar los meridanos después de las doce cabezas? ¿Qué piensa Palermo?

—Recordad, amigos, que Sicilia juzga a Mérida comparándola con el prototipo de ciudad que reúne las características necesarias para que florezca el crimen organizado. El prototipo, como vos sabéis, es el resultado de nuestros estudios en el bajo mundo de Europa, Oriente Medio y los países en vías de desarrollo. ¿Qué ha pasado en Mérida después de las doce cabezas?

—Nada —se metió el reportero—. Ha pasado más de un mes y no ha pasado nada. El ejército se fue de las calles al día siguiente. Los agentes federales no tardaron en regresar al Distrito Federal. Ha habido algunas amenazas que nos caen muy bien para las páginas de policía. Amenazas nada más. Cualquiera diría que aquí no ha pasado nada.

—Las autoridades no han agarrado al toro por los cuernos, Vittorio —entró don César—. Cumplido y rebasado el mes, lo único que dicen sobre los decapitados es que son consecuencia de la guerra interna de un cartel. De un ajuste de cuentas.

—La guerra interna —caro amico— es una constante de la ciudad prototipo. Pero es una constante para iniciar, no terminar, una investigación. Si escarbáis un poco en los ajustes de cuentas veréis que los ajustes son represalias, avisos, advertencias. Represalias porque los ajustados se habían pasado al otro bando. Aviso al cartel competidor para que se vaya con su música a otra parte. Advertencias a las autoridades que violaron sus compromisos. No suele haber guerras internas sin agresiones externas que las provoquen.

—¿Sugieres, Vittorio, que tenemos una guerra de carteles por la plaza de Yucatán?

—Yo no sugiero, César: yo comparo con el prototipo. En la ciudad prototipo, cuando hay una guerra interna y otra externa por lo común hay una tercera guerra, que suele ser la principal. La guerra contra las autoridades.

—Las autoridades ¿son narcotraficantes en la ciudad prototipo? —preguntó el reportero—. ¿O nomás se drogan por gusto?

—Las dos cosas, amigo reportero. Pero no siempre. Yo conozco algunas excepciones. Agujas en un pajar. Perlas en un basurero. Es probable que encuentres agujas y perlas cuando las autoridades entran en las guerras.

—Y aquí en Mérida, don Vittorio, ¿quién es paja y quién es aguja? ¿Quién es perla y quién basura?

—Os recuerdo que estoy hablando del prototipo. En la ciudad prototipo, las guerras estallan cuando las autoridades rompen su pacto y no respetan las garantías que han ofrecido a los narcotraficantes de un cartel para que pasen o vendan la droga con absoluta libertad, bajo la protección de la policía.

—¿Qué ganan las autoridades con esos pactos, don Vittorio? —preguntó de nuevo el reportero.

—Tranquilidad, periodista. Paz pública. La paz de los sepulcros blanqueados. La paz donde no pasa nada, donde grandes y chicos se drogan a discreción en un clima de tolerancia que empieza en las escuelas de secundaria y permea luego las capas sociales. Y si algo pasa, pronto vuelve a no pasar nada. Recuerdo el caso de los ocho ahorcados colgando de los árboles del zócalo al amanecer de una ciudad pacífica. El escándalo que se armó. El cielo se llenó de gritos. Antes de 48 horas todo regresó a la normalidad: se contentaron las autoridades y los narcos. Nuevo pacto.

—Y además de esa paz —insistió el reportero—, ¿qué ganan las autoridades en sus pactos y repactos con los narcos?

—La corrupción, periodista. Los frutos de la corrupción, que a veces se manifiesta en riqueza inexplicable y otras en fastuosa ostentación. La corrupción de un tren de vida a toda máquina que no sabes de dónde viene pero sospechas dónde va a descarrilar. La corrupción que se infiltra entre los mandos de la fuerza pública: comandancias, capitanías e infanterías. La corrupción que circula por los pasillos de ministerios y secretarías en su tránsito hacia la epidermis y las intimidades de la sociedad.

—Todo eso que usted dice, don Vittorio, se parece a un escrito anónimo. Un escrito largo, lleno de fechas, lugares, nombres y otros detalles. Un anónimo sobre los presuntos protagonistas de los crímenes que tanto han sonado y están sonando este año en Mérida. Lo recibimos por correo electrónico.

—¿Vais a publicar ese anónimo, reportero? Estoy seguro de que el CCC y el MMM (Movimiento Mundial contra la Mafia) me lo van a pedir.

—Es un asunto delicado, doctor. Muy delicado: asusta. Sobre su publicación yo no tengo la última palabra. Sí sé que le hemos enviado una copia a la señora gobernadora y a una oficina federal. Doña Ivonne ha pedido todos los anónimos, porque la ayudan en la investigación. Además, tiene todo el derecho del mundo a saber lo que se dice de su gobierno, sea cierto en todo, en parte o en nada.

—Por lo menos dame una copia, reportero, para mandarla a Palermo, aunque en la ciudad prototipo, cuando surgen anónimos como el que tú describes, el rey, el primer ministro, el gobernador o quien sea la autoridad correspondiente le pide a la prensa que publique los anónimos. Que los publique enteros, con pelos y señales, como testimonio de que la promesa de investigar los delitos a fondo es palabra de rey, palabra de primer ministro, palabra de gobernador. Palabra que se cumple aunque rueden las cabezas que tengan que rodar.

—En otras palabras, Vittorio —concluyó César Pompeyo—, decapitar para que no haya más decapitados.

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