(Primera Columna publicada el 13 de febrero de 2011)

A salvo de la llovizna pertinaz que agrisó la mañana del sábado, Vittorio Zerbbera y César Pompeyo comentaron la nota publicada ayer mismo en Miami por el diario “El Nuevo Herald”, tanto en su edición impresa como en la electrónica, sobre la pugna de Carmen Aristegui vs. Felipe Calderón acerca de la presunta tendencia del presidente a empinar el codo.
El cuerpo del delito es la manta que despliegan diputados del Partido del Trabajo en una sesión de la Cámara baja con esta leyenda: “¿Tú dejarías a un borracho conducir tu auto? No, ¿verdad? ¿Y por qué lo dejas conducir al país?”.
En alusión al letrero profano, Carmen afirma en su noticiario racial de la cadena MVS: “La sociedad mexicana tiene derecho a saber con certeza, sin ofensas, sin caricaturizaciones, sobre las condiciones de salud de quien ha tomado y seguirá tomando todos los días decisiones gravísimas que impactan al destino de las nación”.
Y se armó el jaleo. En la Cámara, los panistas se rasgaron las vestiduras ante el sacrilegio. MVS puso a Aristegui de patitas en la calle. La Presidencia, por conducto del secretario particular, se refirió a 1,799 actividades de don Felipe en 2010 como expedientes de “fortaleza cívica y entereza” que certifican que el letrero blasfemo y su mención en las recomendaciones de la periodista son una ofensa infundada a la dignidad y la investidura del señor Calderón.
—Desde la imparcialidad de tu condición extranjera, ¿qué opinas, Vittorio?
—Nada del otro mundo. En Italia, cada mañana ponemos al día las estadísticas sobre las fiestas y las coristas de Berlusconi. Con pelos y señales, amén de nombre, fechas y lugares, los diputados, fiscales y periodistas les siguen la pista a las juergas de “il cavalieri” y sus cortesanas. El diario “Il Giornale” puso este título en la primera página: “Justicia al estilo italiano: libertad para atacar al primer ministro”. Yo no veo nada que me asombre en las referencias a los supuestos excesos del signore Felipe en la administración del trago. Hay un tufo a rancio en vuestro estilo mexicano de canonizar en vida al señor presidente y elevarlo a los altares de la santidad política y la beatitud física y moral. ¿Usted, César, qué piensa sobre este etílico particular?
—Yo pienso, con Oscar Wilde, que “no hay pregunta indiscreta: indiscretas pueden ser las respuestas”. El autor de “El retrato de Dorian Gray” calificaría de irreverente, por la forma, no por el fondo, el texto del letrero, pero recalcaría que un primer ministro y un presidente no deben ser objeto de reverencias y caravanas sino sujetos de un escrutinio constante de su vida pública y privada. En comportamientos de la vida privada, Vittorio, podemos encontrar razones y motivos sobre conductas de la vida pública que de otra manera no acertamos a entender. Hay ejemplos a tutiplén.
—El estilo mexicano al que tú te refieres es el culto al presidencialismo. Es una idolatría ancestral que no vemos la manera de quitárnosla de encima. Para unos es una industria, para otros un seguro de vida, una manera de ganar el pan sin el sudor de tu frente. Yo no voy a especular sobre si Calderón tiene una doble personalidad, una benigna y otra maligna, como Dorian Gray. Ni voy a deshojar la margarita: sí, no, sí, no, sí, no, Felipe sí bebe, Felipe no bebe.
—De vez en cuando, Vittorio, tienen que venir los letreros y Carmen a recordarnos que el presidente, sobrio o alegre, es una criatura de este mundo de pecadores que Cristo vino a redimir. Yo sigo a otra Carmen, Carmen Anaya, periodista también, cuando observa: “Lo realmente preocupante en el fondo de este caso son los riesgos que corre la libertad de expresión”. Yo coincido con el diagnóstico del historiador Lorenzo Meyer sobre el caso Aristegui: “Aún vivimos en el régimen pasado y antepasado cuando se consideraba un acto de lesa majestad cuestionar a un presidente priísta”.
—Si usted fuera don Felipe, ¿cómo se enfrentaría al entredicho, César?
—Yo no recurriría al eufemismo cómodo de hablar de mi “salud” en oblicua referencia a la susodicha inclinación a agarrar la jarra. Tomaría al toro por los cuernos. Convocaría a una conferencia con representantes de la prensa y los partidos. Sentaría a Carmen a mi lado. Pediría a los reporteros que den rienda suelta a la lengua y, con garantías de intocabilidad, contesten a mis preguntas directas: “¿Dónde cuentan que me vieron borracho? ¿Cuándo? ¿Qué rumores corren sobre la embriaguez en Los Pinos? ¿Qué se susurra cuando llego y se secretea cuando me voy? ¿Qué se dice detrás de mí? Disparen: no tengan miedo, como demandó Juan Pablo II”.
—Me temo, César, recordando a Oscar Wilde, que ésa sería una respuesta indiscreta que te podría exponer a un mal rato.
—Así soy yo, Vittorio. Donde estoy voy en busca de la verdad. La verdad de frente, no de lado. De cerca, no detrás de la cortina de un secretario. La verdad por encima de la botella y el noticiario. Por encima o por debajo del mal rato. Por eso nunca seré presidente, ni gobernador ni diputado. Permíteme que me persigne.— Mérida, Yucatán, 12 de febrero de 2011.

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán