(Primera Columna publicada el 6 de marzo de 2011)

Vittorio Zerbbera y César Pompeyo terminaron en el parque de San Juan un recorrido por el Paseo de Montejo y demás derroteros del Carnaval. El italiano no ocultó su asombro.
—¿También sueltan toros a correr por las calles, como en Pamplona? —preguntó el italiano en una referencia a las mallas de alambre que envuelven monumentos, casonas, hoteles, restaurantes, puestos y otros edificios de la señorial avenida.
—No me extraña tu sorpresa, Vittorio. Hasta yo, yucateco, que estoy casi curado de carnavales, nunca había visto al Paseo de Montejo convertido en un campo de concentración. Es una de las leyes de Murphy: todo lo que pueda ser alambrado, será alambrado. Deben haber invertido un pico. Pero no es porque suelten toros: lo que sueltan es gente.
—¿Se teme un borlote contra los gastos de madame Ivonne con la ira que ha estallado en Libia contra los excesos de Khaddafy? —volvió a preguntar el italiano—. ¿Van a desfilar comparsas de narcotraficantes o gatilleros de Kanasín? ¿Tienen ustedes una vena de vandalismo en los carnavales?
—Vandalismo siempre ha habido, Vittorio, sobre todo en el gasto público. Vandalismo certificado, feroz, en el presupuesto del gobierno del estado. Vandalismo en vías de confirmación en las cuentas del Ayuntamiento. Un carnaval de gastos. Un carnaval perpetuo.
—En nuestros carnavales se suspenden las leyes —prosiguió Pompeyo—. En el fondo y la periferia de la psicología del alambrado hay mutaciones de la personalidad. Un sacristán devoto puede convertirse en pandillero soez dispuesto a vender cara su alma al diablo por trepar a la estatua, ponerse en primera fila, pegarse a un carro alegórico o arrimarse a una edecana destapada. El bobalicón del vecindario se puede convertir en una fiera que aplasta, oprime y comprime mientras se descuajeringa brincando entre el estruendo que vomitan las tarimas de los conjuntos…
—¿Quién paga por el alambre, César, que ha puesto a vuestro Paseo de Montejo como un gallinero?
—Otra de las anomalías. Yo creo, Vittorio, que es el gran negocio de las autoridades. No sé cuánto pagaron por el kilómetro cuadrado de alambre, pero no me sorprendería que le carguen al presupuesto —nuestros presupuestos aguantan un piano— tres veces el precio del mercado.
—El negocio no está sólo en el alambre —continuó don César—. El costo de colocarlo es cosa grande, caballeros, como diría un cubano. El minuto-hombre para colocar alambre, la mano de obra, está por las nubes. Fíjate en el caso esplendoroso de la iluminación de la carretera de Progreso.
—Ya lo leí, César. Los postes costaron 6 millones y las luminarias 16. Un total de 24 millones. Y toda la obra, según vuestra Ivonne, cuesta 79 millones. Para iluminar, ¿qué necesitáis vosotros además de postes y focos? ¿Dónde están los otros 55 millones?
—¿Pues donde más? ¡En la mano de obra! ¡En las manos de las autoridades! De la puesta de postes, focos y alambres, de la compra de tornillos y tuercas, de la adquisición de escaleras y el alquiler de conos anaranjados, para desviar el tránsito —por acá no hay nada derecho— salen, por ejemplo, según me dicen, los costos de las próximas campañas del PRI.
—Y sobra, Vittorio, para lo que se te antoje: una casa en la playa, dos “jeeps”, un Cadillac, un crucero en Escandinavia, dos horas en la televisión y siete viajes a la semana. O para la manutención de dos familias, con casa grande y casa chica, sin contar las queridas que menciona Patricio. O los quince años de la entenada y el bautizo de la ahijada. Porque todos, Vittorio, todos son católicos, apostólicos y romanos, además de pillos de pelo en pecho, con las excepciones necesarias para que no me demanden por difamación y calumnia, que es como se define la verdad en el nuevo código penal. La verdad es en este gobierno un delito que se persigue de oficio.
—No puedes imaginarte, Vittorio, acostumbrado como estás a los tiquismiquis obsoletos del Viejo Mundo, cuántos trucos y delitos caben en una iluminación o en una alambrada. El primer requisito para entrarle a una obra pública yucateca es dejar los escrúpulos en la entrada de Palacio, como los musulmanes dejan los zapatos a las puertas de la mezquita. Y la conciencia en casa, para pontificar a la hora del almuerzo si hay alguien en casa, porque ahora la familia está como la rosa de los vientos: por los cuatro puntos cardinales.
—En suma, Vittorio, hacer obra pública es sacarse la lotería sin comprar billete. Ya se lo recomendaba don Porfirio a sus protegidos: “Construye, compadre, construye”. Ahora es “Ilumina, comadre, ilumina”.— Mérida, Yucatán, 5 de marzo de 2011.

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