(Artículo publicado el 19 de marzo de 2010)

Tiene un valor moral importante la publicada protesta de Arturo Ponce Molina porque el gobierno del estado no les paga a cuarenta productores las deudas que ha contraído con ellos por la compra de ganado vacuno y los torea con mentirosas promesas que no cumple.

Es una protesta valiente que rompe una barrera de hielo. El hielo del silencio. El silencio que guardan en términos generales los proveedores que no le reclaman al gobierno de Ivonne Ortega el dinero que les debe.

Valiente porque están muy extendidas las versiones de que, para acallarlos, a los proveedores inconformes se les pinta el tucho de las represalias: Acoso personal por agentes de la fuerza pública. Auditorías hostiles de autoridades hacendarias. Ponerlos en la lista negra. Canalizar las compras a sus competidores.

A los conformes, cuando les va bien, les reciclan los pagarés a la mitad de precio. Eso o la eternidad en la línea de espera.

En su renuencia a honrar sus compromisos, a cumplir su palabra, el gobierno comete, entre otras faltas, la de privar a una persona del fruto legítimo de su trabajo. Estamos ante un pecado social, ante un desdén a la ética, además de los perjuicios económicos que acarrea a la economía individual y la colectiva.

No es el gobierno el único pecador. El proveedor defraudado, cuando se deja atemorizar, además de víctima se puede convertir en cómplice. Cómplice de un sistema represivo, porque mientras mayor es el número de los callados más fuerte y efectivo es el poder de los instrumentos de intimidación.

Cómplice, además, de la administración corrupta y facciosa de los fondos públicos. Esa pasividad del proveedor resignado, conformista, permite que el dinero que se le debe sea desviado a destinos censurables como el figurado político, la satisfacción de los apetitos personales o el financiamiento ilícito de la propaganda y las campañas electorales los candidatos de un partido.

La postura vertical de Ponce Molina llama más la atención porque es rara en nuestro medio, caracterizado por la abundancia contagiosa de agachados. Ojalá que esa verticalidad sirva de ejemplo y estímulo a la masa horizontal, apocada, que al dimitir de la reclamación de sus derechos favorece que se arraigue en el gobernante su tendencia a hacer lo que le dé la gana con el dinero del pueblo y se fortalezca su confianza en la efectividad de la represión, mientras, claro, crece lógicamente en el gobernado el temor a métodos represivos que, por el éxito impune que obtienen, suelen presentar a las autoridades la tentación de establecer un estado policíaco.

Que no sea una voz que clama en el desierto este “yo acuso” de Ponce Molina que, además, ha denunciado el abandono oficial completo que padece el sector ganadero, entre otros olvidados o postergados renglones de nuestra economía. Otro gallo nos cantaría si los proveedores engañados, con los dirigentes de sus gremios a la cabeza, en un acto de legítima defensa lanzaran un ultimátum a la autoridad. O pagas o nadie te surte. Pago, ahora, o huelga de impuestos, ya.

A la vista de los comicios de mayo, en el curso de esta campaña que comienza, muy bien nos sentaría consultar la opinión de los candidatos sobre la irresponsabilidad en que cae el ciudadano que por la causa que sea —ambición egoísta, temor, apatía— se alinea con el ejército de callados que se niegan a luchar por derechos que no son sólo suyos, pues pertenecen al patrimonio de la comunidad.

Entre los cristianos sobre todo, hay que crear conciencia de que la redención de este pecado social demanda un propósito de enmienda: el testimonio público de una vigilancia constante, exigente, del comportamiento general de las autoridades. Hay que marcarles el alto a tiempo, apenas se despeguen del bien común, para no tener luego que lamentar, tantas veces con los brazos cruzados, que gallina que bebe huevo ni que le quemen el pico.

Habrá veces en que, a pesar de esa vigilancia, el gobernante se empeñe en beberse el huevo. ¿Ni modo? No, para eso están las elecciones: para desplumar en las urnas, con el voto de castigo, a las gallinas bebedoras… y a sus pollitos.— Mérida, Yucatán, 17 de marzo de 2010.

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