(Primera Columna publicada el 6 de enero de 2011)
Después de rezar el “Ven Espíritu Santo…” ante la imagen de la Santísima Trinidad en la iglesia de San Juan Bautista, don Vittorio Zerbbera y don César Pompeyo pasan a la sacristía para comentar los cinco reportajes del “Diario” que presentan un análisis riguroso de la situación de la Iglesia católica en Yucatán, en conceptos de un grupo de laicos y de tres sacerdotes: Juan Castro Lara, vicario sanjuanista; Juan Pablo Moo Garrido, párroco del Divino Redentor, y Miguel Angel Castillo Castillo, rector de San Antonio de Padua.
Sorprenden a Zerbbera la severidad del enfoque y la aportación concreta de virtudes y defectos en pastores y rebaños. No esperaba leer en México estos juicios incisivos que son comunes en Europa y los Estados Unidos.
—Ten en cuenta, Vittorio —apunta Pompeyo—, que fue necesario sobreproteger a la Iglesia mexicana durante la mayor parte del siglo XX debido a las persecuciones religiosas, las leyes anticlericales, la guerra cristera y la hostilidad de los gobiernos. Se llegó a cerrar las iglesias. Se confinaron los actos del culto a recintos clandestinos. Se prohibió a los sacerdotes su intervención en la vida pública. Los católicos crecieron con la costumbre de que era necesario blindar a la Iglesia contra todo tipo de crítica, para no echar más leña al fuego: o se elogiaba o se guardaba silencio.
—A fines del siglo y en estos once años del XXI, recobrados ya la personalidad jurídica y los derechos que tuvo antes de Juárez y la Reforma, reanudadas las rotas relaciones con el Vaticano, se abrió a la Iglesia el camino para intervenir en la vida pública de la nación e inclusive censurar a gobernantes que no respetaban sus principios y costumbres o transgredían las normas de la democracia y el civismo. Una Iglesia que regresa al primer plano del país queda sujeta a una inspección inevitable. Si critica, admite que se la juzgue de igual manera. Reprende y es reprendida. Poco a poco fue avanzando el convencimiento de que el secreto no se compaginaba con la trayectoria moderna de una religión. En la oscuridad crecen y se multiplican los males.
—Por eso, Vittorio, no me sorprenden las llamadas de atención a los católicos y a sus pastores vertidas en los cinco reportajes. Hace tiempo que estoy curado de espanto, entre otras razones porque el “Diario” ha dedicado amplio espacio, inclusive una doble página, a editoriales e informaciones que censuraron, sin tener NUNCA respuesta, la ausencia de caridad y justicia, las faltas a la verdad y el comportamiento anticristiano que exhibieron altos jerarcas de la Iglesia, sacerdotes y algunas agrupaciones religiosas en un juicio famoso. Plantaron ante la sociedad un ejemplo pésimo de incongruencia y sometimiento a intereses reñidos con la fe. Ejemplo que ha causado a la comunidad yucateca un daño que no se ha terminado de evaluar.
—En Europa —intercala Zerbbera—, fieles valerosos han conseguido la depuración de sus congregaciones con sus denuncias de abusos y excesos cometidos por sacerdotes y altas autoridades eclesiásticas a la sombra del espeso silencio, del secreto trasnochado que favorecía la comisión y la impunidad de sus fechorías. Denuncias, César, que cuentan con el apoyo expreso de Benedicto XVI, que ve en las quejas y protestas de los laicos una ayuda indispensable para combatir la corrupción que él mismo denuncia en aquel famoso víacrucis de viernes santo en el Coliseo romano. A la vez con humildad en la aceptación y energía en el remedio, el Papa ha recibido las acusaciones y animado a la feligresía a manifestar los entuertos de sus pastores. El escándalo, el daño que se podría ocasionar quedan apagados por los beneficios que reporta a la Iglesia la vigilancia sin tapujos de los laicos.
—¿Qué opina usted, César, sobre los ataques de los tres sacerdotes y los laicos de San Antonio de Padua? ¿Son oportunos o infortunados? —¿Ataques, Vittorio? ¡De ninguna manera! Prefiero por ahora no calificarlos por el fondo y la forma. Pero trasciende su recta intención. Son avisos, advertencias sobre los peligros que cercan a la Iglesia y menoscaban su misión evangelizadora cuando se ocultan las irregularidades que muchas veces, aquí o allá, urbi et orbi, la jerarquía eclesiástica encubre, prohija y propaga con criterios extraviados.
—Recuerda el pasaje del evangelio. Si tu hermano obra mal, dícelo; si no te hace caso, llama a un testigo; si ni así se enmienda, hazlo público. Me inclino a pensar que los feligreses de San Antonio y los Padres Castro, Moo y Castillo creen que es su deber ineludible de cristianos decir lo que han dicho en el “Diario”.— Mérida, Yucatán.
