(Primera Columna publicada el 7 de julio de 2011)
En el parque de San Juan, la charla cotidiana de Vittorio Zerbbera y César Pompeyo migra cada día de banca. Es una medida de precaución en vista de que los gobernantes de la ciudad y el estado, en vez de proteger a sus habitantes, propician u ordenan que los agredan a mansalva cuando quieren ejercer los derechos que les otorga la Constitución.
Un ejemplo de esta inseguridad que se apodera de Mérida es el ataque brutal y cobarde, sin distinción de sexo y edad, a los ciudadanos que, en uso pacífico de la libertad de expresión, protestaban en la ex glorieta de la paz por la construcción del túnel de la discordia. Una agresión retratada por más de veinte fotografías publicadas en “Diario de Yucatán”. Unidas a los relatos de las víctimas y los testigos, las gráficas constituyen un documento irrefutable de salvajismo.
Don Vittorio y don César leyeron con pena las declaraciones que hizo Angélica Araujo Lara al día siguiente y de la publicación en el periódico de las gráficas y las reseñas que rinden testimonio indudable de la barbarie. Dos párrafos en particular exhiben las ruinas en que han quedado el crédito y el prestigio de la señora y su autoridad moral para desempeñar la presidencia municipal meridana:
“Definitivamente —afirma Angélica— puedo asegurar que tengo todas las grabaciones, imágenes y todo, que no se ha dado ningún tipo de agresión”.
“Niego totalmente —asegura— que los trabajadores del Ayuntamiento estén participando o hayan participado en cualquier acto”.
Más que indignación, pena da la obstinación de la alcaldesa. Como es inverosímil atribuirlas a un estado de ceguera, sus palabras se pueden interpretar como signos inequívocos de que se pretende atender con cinismos y mentiras los asuntos de esta capital.
¡Qué pena que el dueño de cuatro prostíbulos, como demostró ayer el “Diario”, haya sido el cabecilla de la imposición de las terquedades de Angélica en la agresión al pueblo en la glorieta! Un lenón, un proxeneta para defender a la alcaldesa. ¡El colmo!
¡Qué pena que fotografiados e identificados trabajadores del Ayuntamiento y servidores del PRI estén entre los maleantes que golpearon a ciudadanos y ciudadanas indefensos!
¡Qué pena que la concentración extraordinaria de fuerza pública rodeando ayer en círculo tras círculo el escenario del delito —la glorieta y el túnel— den la impresión de autoridades que, para poder gobernar, tienen que armarse hasta los dientes, como si temieran el ataque de un enemigo. Un enemigo que en este caso es la población.
—No sé que pensará usted, César, pero yo, basado en mi experiencia, que es larga y comprobada, creo que estamos presenciando el suicidio político de Angélica Araujo y los funerales de las aspiraciones del PRI a retener la alcaldía de vuestra ciudad en las elecciones de 2012.
A manera de respuesta a la pregunta del italiano, Pompeyo relató los sucesos de 1967, en que la obstinación y la terquedad de los poderes ejecutivo y legislativo, en sostener contra la voluntad manifiesta del pueblo las altas e ilegales tarifas del agua potable aprobadas por el congreso local, desembocaron en una catástrofe del PRI: por primera vez en el siglo la oposición ganó la presidencia municipal.
—Después de varios meses de encendido debate y general repudio a las tarifas —continuó don César—, un partido de la oposición, agrupado en torno a un ciudadano de valor civil e integridad insospechables, el doctor Francisco Solís Aznar, ese partido, repetimos, reunió las banderas levantadas por los meridanos y en memorable jornada electoral expulsó al PRI del poder. Me parece, Vittorio, que las mismas circunstancias que hundieron al PRI en el caso del agua potable se repiten hoy en esta crisis inédita del túnel y la glorieta.— Mérida, 6 de julio de 2011.
