(Primera Columna publicada el 12 de diciembre de 2012)

—El alto mando de la antimafia ve con asombro el nombramiento de Ivonne Ortega como secretaria general del PRI. ¿Usted cómo lo ve, César? —preguntó don Vittorio Zerbbera al señor Pompeyo durante su charla de ayer en el parque de San Juan.

—Veo, entre otras, cuatro causas posibles de esta designación que subraya el aislamiento de Enrique Peña Nieto. Vamos a examinarlas:

UNA: Una pobreza extrema de personal capacitado en las filas del PRI. Han tenido que acudir a la fórmula del peor es nada, que en nada beneficia y todo lo empeora.

DOS: El PRI considera que la afición de Ivonne a la bachata, el figurado, el reventón y la farándula es el mejor recurso que tiene el partido para atraer el voto de los ciudadanos.

—Pero esto, César, ¿no indica que el PRI tiene un concepto paupérrimo de los mexicanos?

—No es mi culpa, Vittorio: es un atavismo, una costumbre arcaica. Déjame proseguir el examen:

TERCERA: Gratitud. Es, a mi juicio, el pago de una deuda que contrajo el partido por el dinero que aportó la señora Ortega a la campaña presidencial de don Enrique. Contante, sonante y abundante.

—¿De dónde, César, sacó madame Ivonne ese dinero?

—Se presume, Vittorio, que una parte procedió de la serie de créditos que les robaron a los hombres y las mujeres del campo en la secretaría de Fomento Agrícola y Ganadero con las facturas fantasmas. Se dice que otra gruesa suma provino de los sobregiros multimillonarios, sin destino conocido, de la jefatura de Comunicación Social.

—De manera, César, que ustedes compraron el nombramiento de madame.

—Eso sospechamos, Vittorio, pero no nos consultaron. Una de las características de Ivonne en el gobierno es que no consultaba a la gente. Hacía lo que se le ocurría o lo que le ordenaba Ulises Carrillo, que era el enlace forzoso y el proveedor providente del grupo de Peña Nieto en el gabinete de la señora Ortega. Es una opinión mía.

—¿Sigue Ulises dando órdenes en el alto mando de monsieur Rolando? —intervino Vittorio.

—Por lo menos está ahora en el mismo lugar donde estaba antes y haciendo hoy las mismas cosas que hacía ayer. El pronóstico es inquietante. Ya sabes: a mafia que bebe huevo, ni que le quemen el pico. Eso supongo yo. Pero ya nos fuimos a otro campo de conjeturas fundadas. Sigamos el examen de las presuntas causas de este obsequio a la señora Ortega:

CUARTA: Una imposición a don Enrique. En la colisión de facciones en el seno del partido, en el reparto de las cuotas de poder, el grupo derrotado o los influyentes de siempre reclamaron la secretaría para Ivonne. Es una exhibición de fuerza. Una declaración de que aquí estamos y no nos vamos. Puede ser una roca en el camino de Rolando. Quizá una advertencia a Jorge Carlos.

—¿Quién reclama, César? ¿Quién tiene todavía esa fuerza? ¿Salinas?

—Podría contestarte, como Jesucristo a Caifás: “Tú lo has dicho? (S. Mateo 26.64). Prefiero concretarme a señalar que don Carlos tiene largo el brazo y no tiene pelo de tonto. Que ha sido asiduo visitante de Yucatán.

—¿Cómo se puede, César, conciliar el nombramiento de Ivonne con el nacimiento de un nuevo PRI? ¿Recuerda usted lo que afirmó don Pedro Joaquín en una ceremonia del flamante Pacto por México? Don Pedro firmó la sentencia de muerte del viejo PRI. Dijo que estaba agotado. Liquidado. Cosa del pasado.

—Yo le contestaría a don Pedro con una cita de “La verdad sospechosa” de Juan Ruiz de Alarcón. El comentario que Tristán le hace a don García en la séptima escena del tercer acto: “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”. La sospechosa verdad es que, según parece, el viejo PRI está vivito y coleando. Aquí y allá. En el feudo de don Rolando y alrededor de don Enrique.

—Vuestras palabras me hacen recordar, César, que hace poco usted dijo que el señor Peña Nieto es el “gran solitario” de Los Pinos? ¿Sigue usted pensando igual?

—No he cambiado de opinión. El regalo de la secretaría del partido a Ivonne Ortega es, para mí, un indicio de que sólo Peña Nieto es el nuevo PRI. No le veo compañía. Don Enrique es la soledad entre la muchedumbre.— Mérida, 12 de diciembre de 2012.

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