MÉRIDA.- Altos y morenos, oriundos de las Palmas de Gran Canarias, los hermanos Silvestre y Alfonso Arévalo Vargas llegaron a Yucatán por el puerto de Sisal a mediados de 1872 tras residir unos meses en la isla de Cuba. Ninguno de los dos llegaba a los 30 años. Venían rebosantes de esperanza.
En Tenerife habían trabajado como camelleros desde los 14 años. Sobre las pacientes y resistentes bestias paseaban a los visitantes por aquellos parajes fantasmales y de atormentada aridez que tantos relatos han inspirado a los poetas y cuentistas.
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