grito

 

Una “fiesta” de expresión se vivió el sábado en el “Azteca”

La culpa es de González Bocanegra.

Instó a los mexicanos a lanzarnos al grito de guerra y, en el siglo XXI, el campo de batalla es un tapete verde.

A los mexicanos nos gusta gritar. Y un partido del Tri visto desde las gradas del Estadio Azteca no invita precisamente a la moderación cortesana. Al contrario, es el pretexto ideal para dar rienda suelta a los desenfrenos bucofaringeos.

¡Qué diferente se aprecia un partido del Tri desde las gradas! En la TV la pasión la despierta, desde luego, el gol. Y justo es decir que también un fuera de lugar mal marcado, una expulsión o una falta artera. Pero en las gradas despierta la pasión la mosca que voló cerca.

Gritos porque el equipo sale a calentar a la cancha. Gritos porque Memo Ochoa toca el balón a la hora del peloteo previo al partido. Gritos porque el equipo regresa al vestidor. Y mientras ocurren estos gritos propios de los escarceos del partido, en la grada los gritos porque se formó la ola inundan el estadio dejando paso a nuevos gritos, ahora porque se deshizo la ola.

Ahora sí, ya va a comenzar el partido. Viene la ceremonia de los himnos, las orquestas ya ocuparon su lugar: una de gaitas y otra de la Sedena. ¡Ah caray! ¿y eso?

Un grupo de muchachos despliega en el círculo central una imagen con el histórico, psicodélico logotipo en blanco y negro de México 68 y una leyenda que anuncia que en este 2018 se conmemora el cincuentenario de ese encuentro deportivo.

Bravo, bien… (no puede uno ignorar que también viene el medio siglo de la matanza de Tlatelolco, sólo unos días antes de la inauguración de esos JJ.OO.). Ok, bien, pero eso qué tiene que ver con el fútbol, se pregunta el respetable. En respuesta inmediata, las pantallas gigantes proyectan la alineación del equipo olímpico de fútbol de México. Y surgen caras y nombres entrañables, empezando por el técnico Nacho Trelles, inmortal por donde se le vea; Héctor Sanabria, quien luego cubriría con pierna de hierro la defensa de los Pumas; Juan Ignacio Basaguren, convertido después en cronista deportivo; Vicente Pereda, el diablo mayor (hasta que José Saturnino Cardozo también recibió el apelativo); Héctor Pulido, Javier Sánchez Galindo y los difuntos Cesáreo Victorino y Fernando Bustos, estos cuatro últimos se convertirían en los setentas en el alma del poderoso Cruz Azul que de diez títulos en una década ganó cinco, convirtiéndose en la auténtica Máquina Celeste.

Varios de los mencionados estuvieron presentes, empezando por Trelles con sus más de cien años.

La escasez de aplausos y gritos ante esta histórica alineación denunció la juventud de la mayoría del público. Este cronista se remontó muchos años atrás a la primera vez que asistió al Estadio Azteca justo para ver jugar a ese histórico Cruz Azul contra otro histórico: el América de Borja, Reynoso, Pichojos Pérez, Gamboa, Cornero, Popeye Trujillo y, en la portería, el Pajarito Cortés, buen portero pero, para su desgracia, bajo los tres palos del equipo de enfrente estaba el más grande: Miguel Marín.

Un rotundo 3-1 a favor del Cruz Azul estableció quien cortaba el queso en aquella época.

Ahora sí, los himnos. Los gaiteros empezaron a tocar lo que los huiros creímos era el himno escocés hasta que alguien de oído fino advirtió para el asombro de todos: Están tocando el “Cielito Lindo” con gaitas y empezó la gritería, en parte porque no era el himno y no había que guardar respeto y en parte porque al respetable no le gustó escuchar tan emblemática pieza con instrumentos ajenos.

Entonces la orquesta de la Sedena calmó los ánimos al entonar, ya con música mexicana, la famosa pieza.

¿Y los himnos? ¿Ya? Ahora sí. Primero el del visitante. Para sorpresa varías voces se escucharon cantar. Algunos escoceses extraviados por ahí, a quienes a las afueras del estadio se les había visto con sus “kit”, cuyo uso en el sexo masculino no terminamos de entender los mexicanos.

Luego el Himno Nacional, de pie por supuesto, una mano en el pecho y la otra en el celular grabando en vídeo el cántico erizante.

Los gritos vinieron a continuación con la alineación de México. Aplausos a todos, para el “Chucky” los más atronadores, abucheos a Giovani, indiferencia a Vela y un abucheo generalizado a Osorio, quien padece de seria sordera pues al final del partido dijo no haberlos escuchado ni oyó el insistente y homogéneo grito de ¡Fuera Osorio!

La gritería vino con el gol, claro, pero también con los faules: ¡sácalo, árbitro! ¡De qué lado estás! ¡Regrésenlo a su país! Gritería al pegar el balón en el poste !aayyyy! ¡Uuyy! Gritería y peticiones serias de linchamiento al árbitro por un gol anulado en forma indebida.

Gritería hasta el paroxismo a la entrada de Rafa Márquez en el segundo tiempo. Cada vez que el zamorano hacía contacto con el balón los gritos sonaban con más fuerza. Y como el hombre sabe bien qué hacer con la pelota, cada vez que la tocaba ponía unos pases de ensueño para los delanteros, como ya nos tiene acostumbrados.

Sin embargo, el grito más frecuente, animado y ensordecedor en el estadio, aquel que no se puede gritar con el mismo fervor desde la sala de la casa o en un restaurante viendo el partido por la TV, es el grito proscrito, el grito incómodo, el que ha hecho de los cronistas penosos voceros de la supuesta decencia y que preocupa a los hombres de pantalón largo. Aquel por el que en el Estadio Azteca brilla una leyenda que indica que gritar así “no te hace más mexicano”, como si la FIFA o los señores del fútbol o quién sabe quién fueran ahora los que deciden las razones de nuestra mexicanidad. Sí, nos referimos al grito que sigue a un movimiento de manos agitadas que brota desde el estómago, agarra fuerza al subir por el esófago, se estructura con solidez al trasponer la tráquea, en la laringe ya ha alcanzado un 90% de su forma y se confecciona al 100% en la faringe para agarrar más fuerza a su paso por el paladar y salir hecho un rugido justo cuando el portero despeja.

Lo dicho: la culpa es de González Bocanegra. Si ya sabe cómo somos los mexicanos, para que nos incita al grito de guerra.— OLEGARIO M. MOGUEL BERNAL.

 

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