Luis Armando Loría Cetina resurgió de sus cenizas para colgarse dos medallas centroamericanas
Su mamá dice que es el Ave Fénix. Cualquier persona que escuche su historia, le llamaría el hombre biónico, por todo lo que tiene en el cuerpo. Pero lo único que Luis Armando Loría Cetina sabe de sí, es que es un hombre creado para ir adelante, sin importar sacrificio, dolor físico y mental. El ADN suyo, diferente a muchos, eso es lo que le tiene en los cuernos de la luna, con un par de medallas ganadas en los Juegos Centroamericanos y del Caribe.
“Estuve a punto de quedar cuadrapléjico”, cuenta Luis, al iniciar la entrevista que transmitimos en vivo ayer desde DY Deportes, el muro de la Sección Deportes del Diario en la web. Presumía dos medallas obtenidas en la justa de Barranquilla, una de plata en individuales y otra de oro en saltos sincronizados, en la gimnasia de trampolín. Y pensar que pudo haberse quedado sin poder caminar.
Cuatro años antes vivió esa pesadilla, una lesión de cervicales, con fractura incluida, que puso en peligro no sólo su entonces incipiente carrera, sino también el que volviera a caminar.
Pero Luis, o Armando para sus amigos y en la gimnasia, regresó desde abajo, como el Ave Fénix. Y el vuelo que está alcanzando, tan alto como nadie soñaría, está mereciendo la pena.
“Hace cuatro años no pude ir al selectivo de los Juegos Centroamericanos de Veracruz. Estaba lesionado, y luego me fui a los Juegos Olímpicos Juveniles. Pero antes de todo, era un desastre. Pensé que no podía”.
Lus Armando, hoy con 21 años de edad y estudiando el tercer semestre de Comunicación en la Universidad Anahuac Mayab, se la jugó primero con su propia mentalidad. Porque, lo básico, era que pudiera regresar de esa peligrosa lesión. “Lo logré, fue un sacrificio enorme, pero algo que vale la pena mencionar es que no lo hice solo, nunca he estado solo. Todo esto es parte de un equipo, están mis papás, mi entrenador José Luis Núñez, que ha estado en toda mi carrera; mis familiares, mis amigos… Estas medallas no son solo mías, se las debo a todos los que han estado conmigo en todo momento”.
Los riesgos de este deporte son tan duros como cualquier otro que pueda ser de contacto. Porque, eso de irse al aire seis o siete metros, quizá no esté en la mente de ningún ser humano. “Cuando estás arriba, lo único que te viene a la mente es que puedas caer bien, porque en la tarima, que es como tu cancha, puedes sufrir alguna lesión, caer mal, fracturarte… Y estás solo jugando por ti, pero siempre apoyado por todos allí abajo”.
Luis Armando se siente afortunado por lo que está viviendo. Es muy meticuloso en sus cosas, un luchador empedernido y estudiante, si no de excelencia, si apostando siempre a estar en el promedio. “Mi papá me dijo desde chico que un buen deportista puede ser un buen estudiante, y un buen estudiante puede ser un buen deportista. Gracias a Dios y a mi esfuerzo y el de los míos pude obtener una beca, le agradezco a la Universidad el que me haya permitido estudiar allí”.
Cuando llegó, sustrajo del bulto de su madre un par de calcetas blancas. En cada una tenía una de las medallas ganadas en Barranquilla. Se sentó en el estudio frente a las cámaras y comenzó a narrarnos su vida.
Una vida que en lo deportivo, le ha permitido logros increíbles. Y en lo humano, en ese punto clave que es el valor persona, le ha abierto un camino que pocos se atreven a surcar para llegar a tierra prometida.
Columna fracturada, tornillos en los hombros, piernas igual dañadas. Cualquier mortal hubiera tirado la toalla. Luis Armando no lo hizo. Ni lo hará. Viene el clasificatorio a los Panamericanos de Lima y, más adelante, a pensar en los Juegos Olímpicos de Tokio.
“Si te esfuerzas, puedes alcanzar la meta. Es cosa de proponérselo”. Se dice fácil, Luis Armando… Muy fácil.— Gaspar Ignacio Silveira Malaver
