Juan José Padilla

Despedida sin brillo

La Fiesta de los toros permite ver muchas imágenes, generar expectación, recrear pinceladas, sufrir por un torero y vibrar cuando algo en el ruedo va de la mano de los toros y la verdad.

La verdad que teníamos antes era que la gran mayoría de los que fuimos a la Plaza Mérida lo hicimos motivados por ver a Juan José Padilla. Sabíamos, sin embargo, que toreaba “El Zapata” y si hay un diestro mexicano garantía de triunfo, nadie como Uriel Moreno. Igual estaba en la terna Gerardo Rivera, nuevo en nuestra plaza.

Menos, dejó mal el torero que levantó más expectación. No vimos siquiera una ráfaga del “Ciclón” de ese ímpetu de Padilla. Nada. Su despedida de nuestro coso fue de puntillas, dejando para el recuerdo solo el saber que estaba anunciado.

Pero bendita verdad de los toreros mexicanos que completaron la cartelera. Cuando escribíamos estas líneas, operaban al joven Rivera en la Clínica de Mérida de una cornada interna que le pegó el que cerró plaza. Un duro astado de Mimiahuapam que exigió las credenciales a alguien que, si quiere llegar lejos, tiene que pagar el precio alto, el derecho de piso. O lo haces o serás uno más.

De esos no ha querido ser nunca Uriel Moreno. A la plaza tienes que salir a darlo todo y él lo hace todos los días. Su anterior corrida en Mérida le dejó una huella, algo tan pegado a lo que busca, que su propia verdad y orgullo le hace verse una tarde así y la otra igual.

Hizo suya la tarde desde la salida de su primero. Y terminó construyendo una actuación del héroe que añoramos ver en quien se viste de torero (aunque los puristas digan lo contrario).

Torea, brega, banderillea como pocos, conecta con los públicos… Sabe hacia dónde va con cada paso que da.

Envolvió a todos con el toro de su primera oreja, un sobrero que salió luego de ser devuelto el titular. Se estaba armando el zipizape entre los aficionados que protestaban por la devolución que estaba contra el reglamento (toro picado no regresa al corral) y los que aplaudían la acción del usía.

Se fue el que parecía el mejor en presencia y salió uno que hizo que “El Zapata” arriesgase. Toreo completo, a rato de relumbrón, pero ese es Uriel Moreno, el de carne y hueso, el que es original de tiempo completo.

Lo mismo fue con el quinto. Había que partirse el alma delante del toro. Y a base de porfiar lo logró, firmando con una estocada que valía la oreja.

Mientras el público ardía por la negativa de Padilla de siquiera intentar algo que justificara su presencia, su papel de figura épica, salió Rivera y mostró que puede ponerse en la lista de los que van a quedarse con el paquete grande cuando estos actuales tengan que irse.

Taurinamente hablando, lo suyo fue lo mejor de la corrida. Su primero fue un torazo, y le metió la mano, de derecha y de izquierda. Se plantó como había que hacerlo. Y la oreja la ganó a pulso.

Iba a por todas con el que cerraba el festejo, pero fue un barbaján auténtico. Cuando le iba colocar el tercer par se fue al piso y le pegó un revolcón bárbaro.

La Fiesta es así, de cara y cruz. La miel no es eterna y la hiel puede llegar en cualquier instante.

No podía más, pero esa vergüenza que tienen los toreros, el amor propio, hizo que siga, cumpliendo con decoro, como guerrero.

Ironías. “El Zapata” firmaba autógrafos y se tomaba fotos feliz con aficionados radiantes por lo que hizo, ratificado su triunfo legítimo. A unos metros, en la enfermería, un héroe caído era estabilizado para ser llevado en ambulancia. Salió en camilla entre gritos y vítores.

Esa verdad, como apuntaron el licenciado Navarrete y los ganaderos Conde Medina, mantienen encendida la llama de la Fiesta. Una Fiesta que hizo a Padilla uno de sus héroes, que le cosió a cornadas la vida. Pero no lo vimos siquiera tantito.

Ah, qué pena por él. Porque no merecía esos improperios, y sí las Golondrinas de despedida.

Se le respeta, maestro. Y se respeta también a quienes ayer dieron vida, triunfo y sufrimiento a una tarde de toros.— Gaspar Silveira Malaver

 

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