La segunda tarde de la temporada, para recordarla
Amigos aficionados…
La tarde de ayer en la Plaza Mérida es de esas que recordaremos. Una corridacomo debe de ser, y toreros con clase, voluntad y esfuerzo. Se agradece profundamente que nos hayan permitido disfrutar una tarde así. A la Fiesta eso le reconforta. Si Cúchares y los aficionados antiguos vivieran también lo agradecerían.
Pero la vida es a veces así de ingrata. Lo digo en el buen sentido de la palabra. Nadie se pudo ir en hombros porque los matadores a la hora de la suerte suprema fallaron. Dos orejas un saldo pobre a tan buena torería que hubo en nuestro nonagenario coso. Imagínese, amigo lector, lo bonito que debe ser para un torero que el público le grite esa palabra consagratoria: “¡torero, torero!”.
Se lo corearon a Uriel Moreno “El Zapata” por una labor impresionante a su segundo toro. Me dice Antonio Rivera que puede ser la lidia completa, o perfecta, a un verdadero toro.
Y, por fortuna (digo fortuna porque nos sonríe en ese aspecto), el toro sigue saliendo por toriles. Dos de Bernaldo de Quirós para el caballista Guillermo Hermoso de Mendoza y cuatro, o cinco mejor dicho, para Moreno y Sergio Flores.
Fue una tarde que estuvo llena de matices, pero justo sería hablar de una corrida intensa, no solo de detalles, sino de torería grande. Porque a los buenos toros que salieron los acartelados le salieron a poderles. Y para ello hay que querer.
A los tres los pudieron sacar de la Mérida en hombros. Pero, ingratitud, erraron en la suerte suprema.
Ingrato fue igual lo vivido por Guillermo Hermoso. El joven hijo de la leyenda viviente Pablo Hermoso de Mendoza mostró finura al montar, clase al lidiar. Lo hizo todo bien, salvo matar. A su segundo lo acabó de un rejón que estuvo ladeado propiciando desangre. Y le concedieron una oreja, que era de mucho peso. Él había dicho antes al Diario que quiere escribir su propia historia. Y en la Mérida mostró que puede hacerlo. Pero, quizá la más grande lección de su vida torera se la dio el noble público de Mérida.
Enfadado porque no le concedieron la segunda, asentó el trofeo en la arena, en señal de protesta. Y entonces los que protestaron fueron los aficionados. Le silbaron y abuchearon mientras daba la vuelta al ruedo. El berrinche lo pagó caro, incluso en su despedida. Le faltó al respeto al público. Ingrato momento que será una lección dura. Un torero, o un hombre cualquiera, que no acepte opiniones encontradas, será uno más queriendo ser dueño de la verdad absoluta.
Pero la fiesta siguió. Y vaya que lo mejor en varias temporadas lo hizo Uriel Moreno en el quinto de la tarde. Portento de facultades físicas, dueño del escenario como torero, y prominente en mente cuando está en la arena, en el uno a uno ante el toro.
El tercio de banderillas fue impresionante. Tres pares en las manos de un tirón, dos ejecuciones al violín y rematando con un tercero a dos manos de poder a poder. La Mérida se cimbró como hacía mucho no le pasaba.
Y todavía hizo más grande su momento con una valiente labor con la muleta. ¿Derecha? Allí estuvo. ¿Izquierda? Le arrebató dos o tres naturales de torero caro. Es “El Zapata” un todoterreno que gusta de brindarse. La Mérida, ávida de saciar su sed de triunfo, se entregó con todo al torero de Tlaxcala. Una pena el fallo con la toledana porque era un triunfo de puerta grande.
Pero no pudo rubricar. Ingratitudes porque hubieran visto el reconocimiento del público cuando daba la vuelta, que cerró con el rebozo de una humilde mestiza venida desde Teya pueblo.
Y Sergio Flores igual mostró que tenerlo en un cartel es garantía. Le picó a su paisano Zapata en un gran quite al primero y en su turno en el tercero hizo un toreo inteligente, mezclando valor con arte. Fallido intento con la espada que le dejó sin trofeos.
El que cerraba plaza se dañó el pitón y fue devuelto. Salió el sobrero, un cinqueño que estaba hecho un pavo, largo y bien armado. Para nada era una perita en dulce ese “Berrinche”. Pero Sergio le quiso y le pudo arrancar alguna tanda de mucho peso, reconocida por la afición.
La tarde, con este cartel, merecía mejor asistencia. Un domingo de toros de esos que dejan lecciones, de torería y de conducta, en este concepto, que difícilmente olvidará el rejoneador. Su padre jamás hizo algo así.
Y nuestro reconocimiento al ganadero de Rancho Seco, especialmente la bravura de sus toros hizo que los toreros muestren las cartas credenciales. Así la tarde. La recordaremos.— GASPAR SILVEIRA MALAVER
