Contratos televisivos y expectación global, las claves de su auge
Cuando Alexander Hleb, el niño consentido de Bielorrusia (futbolísticamente hablando) salió del país en busca de fortuna a Alemania, todos auguraban una gran carrera y una enorme proyección del fútbol bielorruso. Pero los focos se centraron en Hleb especialmente cuando despuntó en el Arsenal de Arsène Wenger… y no así en el fútbol de ese país que formó parte en su momento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Después llegó el Barcelona, el mejor escaparate para el futbolista y su patria. Pero la figura del bielorruso se extinguió con Pep Guardiola, y con él, la llama de la esperanza de su país.
La única conexión que los aficionados hacían entre Hleb y Bielorrusia era cuando participaba con su selección en algún embate contra todopoderosos como Alemania, Inglaterra o España.
Hoy, con Hleb retirado y a falta de fútbol de primer nivel en ligas domésticas del mundo, muchos se están conformando con ver torneos que hasta hace poco eran perfectos desconocidos. Uno de ellos es el que lleva más tiempo disputándose durante la contingencia por el coronavirus, precisamente, el bielorruso.
Esta liga es famosa por ser durante algunas fechas la único que se jugó en el planeta, acosado y derribado por un virus que trae en jaque a las ligas de todas las disciplinas del deporte en casi todos los países del globo… menos en Bielorrusia, que ha acogido con alegría el estirón televisivo que está dando a nivel mundial: nunca antes había tenido la expectación que tiene hoy.
La liga tiene de todo para todos: el estadio más grande de primera división puede albergar 40,000 espectadores y el más pequeño apenas 1,600. Si el Carlos Iturralde de los Venados de Yucatán estuviera en Bielorrusia, sería el tercer estadio más grande del país con su aforo para 15,000 espectadores, solo superado por el Estadio Dinamo donde juega el FC Minsk y la selección bielorrusa, y el Estadio Traktor, del FC Partizan Minsk, con 16,500 espectadores.
El estadio del Bate Borísov, casi dictador en victorias en la liga, y quizás el más conocido en competiciones europeas tiene aforo para 13,000 espectadores.
Más curiosidades de la liga: a falta del relumbrón de Hleb, al Dinamo de Brest se le ocurrió en mayo de 2018 la idea de nombrar un presidente proveniente de Argentina y muy famoso en el universo futbolístico: Diego Armando Maradona. De hecho, “El Pelusa” aceptó —después de finalizar su contrato un mes antes con el Al Fujairah, de Emiratos Árabes Unidos— aunque duró poco en el puesto al ser requerido por los Dorados de Sinaloa, como sabemos.
Para no perder la vitalidad e imagen que este nombramiento le daría al fútbol bielorruso, el equipo decidió nombrar a Diego “Presidente honorífico”. Con ese puesto ha recibido regalos suculentos como una Harley Davidson con balones de 18 quilates en las llantas. Nada mal…
Aparte de Alexander Hleb, quien surgió en el Bate Borísov y estuvo deambulando después del Barcelona por equipos de menos relumbrón como el Birmingham, Wolfsburgo y otros turcos, rusos y de su país natal, el segundo jugador con más peso en el país es un nacionalizado, Renán Bressán, quien defendió la selección en 26 ocasiones.
Pasó por el fútbol ruso, de Kazajistán, Portugal, Chipre y hoy defiende una playera en su país de origen alejado de la fama que tuvo en Bielorrusia.
La situación actual con el fútbol de este país debe ser tomado como una victoria doble en un lugar en el que el deporte principal no es el balompié, sino el hockey hielo, y donde la lucha olímpica también tiene un espacio importante en titulares.
En la federación bielorrusa saben que la situación receptora de focos e incluso dinero, mucho dinero procedente de las apuestas, es temporal, y que todo cambiará con la reactivación de las ligas domésticas de cada país y, por supuesto, las competiciones internacionales. Pero para la selección número 87 del ránking FIFA esto puede significar un antes y un después en su proyección mundial como nación.
Por ahora no hay un jugador de la talla de Alexander Hleb, que capte la atención y arrase fronteras a corto plazo, pero las escalas inferiores pisan fuerte. Esperemos que nos sorprendan.— Javier Caballero Lendínez
