En las venas de José Tomás hay sangre mexicana
“Fue como si el mundo se paralizara, instantes de agonía, presientes algo desde el primer momento. El cielo azul se me hizo oscuro”.
Si pudiera, seguramente José María Napoleón escribiría un poema de esos instantes que se convirtieron en horas de uno de los dramas más sonados de la última década en el mundo de los toros. Se refería a los segundos catastróficos que se vivieron en la Monumental de Aguascalientes la tarde del sábado 24 abril de 2010. Napoleón, que lleva en las venas sangre de torero, estaba junto a las tablas mirando a uno de sus grandes amigos en la Feria Nacional. Cuando, de pronto…
A José Tomás, el mito vivo del toreo, un toro de Garfias le rompió la femoral. “Navegante”, su nombre, literal, dejó muerto al enigmático torero Galapagar, salvado milagrosamente por las manos de los médicos mexicanos, de allí de Aguascalientes, y la sangre que donaron decenas de aficionados mexicanos que hicieron colas larguísimas nada más ver la tragedia que se iría desde que el pitón del toro cárdeno de apenas 473 kilos hizo añicos las carnes del torero que más cobra por vestirse de luces.
“Como si el alma se me fuera en un instante”. No es la línea de uno los hermosos poemas que Napoleón convierte en canciones. Es una frase del compositor. Su hablar pausado y de tono bajo impresionan cuando narra al que escribe y a Eduardo Puerto López lo que vivió en la celebérrima tarde de Aguascalientes.
El mundo se sacudió entonces. Media noche de Europa, los taurinos seguían atentos el desenlace de la corrida estrella de la Feria de San Marcos. No a diario torea José Tomás, así que es y será siempre noticia.
Vamos a los hechos que sacudieron al mundo del toro. Y usted sabe que cuando es tragedia, el olor atrae hasta a quienes hoy, en los telediarios, ya no quieren dar información taurina.
Vestido de grana y oro, José Tomás lidiaba al segundo toro de su lote. “Navegante”, cárdeno con 470 kilos, de la ganadería de De Santiago. Cuando remataba una tanda con la muleta, el astado se giró con rapidez y violencia y le perforó el muslo izquierdo, con una cornada de 15 centímetros que seccionó las venas femoral e iliaca.
Para Tomás eso de ser corneado o volteado por los toros era algo de su abc. En todas sus corridas generalmente sufre un percance, suele terminar con el terno o hecho trizas o tinto en sangre.
Pero ahora todo superaba la ficción. El torero echó sangre a borbotones de su pierna casi dividida en dos. Muchos estaban atentos desde el primero de varios avisos que el toro había dado al diestro, así que tan solo se vio el percance, saltaron al ruedo a auxiliar al torero caído. Uno fue el subalterno mexicano Alejandro Prado. Antes que los médicos que obraron milagrosamente en la enfermería, Prado fue el primero de los héroes que mantuvieron con vida a José Tomás. Modesto, honesto banderillero, realizó en aquel momento la faena de su vida.
Ironías, circunstancias. José Tomás viajó a México aquella temporada con solo dos subalternos de confianza, así que aquí se agregó al equipo Prado, de una familia de picadores y banderilleros, gente sin aspavientos que, calladamente, cumple con creces en la función de los toreos de plata.
La sangre comenzaba a brotar a borbotones cuando Tomás yacía en la arena. Le levantaron entre varios, gente de su cuadrilla, otros más. A Tomás se le iba la vida por un orificio donde emanaba sangre. Prado, providencial en actitud, apretó el puño y sin dudarlo, metió la mano en la herida para intentar taponarla. A como pudo, el gesto heroico logró taponar el boquete.
A como pudieron lo llevaron a la enfermería y, hay que entenderlo así, José Tomás estaba prácticamente sin vida. Su padre entró y salió casi sin poder llorar del shock traumático. Sangre y más sangre. En un reportaje que hizo el periodista yucateco Carlos Loret de Mola cuatro años más tarde, publica una cifra que es verdaderamente impresionante: “Por un cuerpo humano de la altura, el peso y la edad de José Tomás Román Martín, circulan entre 4.8 y 5 litros de sangre. Cada paquete globular lleva de 240 a 260 mililitros. Esa tarde fue transfundido al torero el contenido de 18 paquetes globulares. Esto es, entre 4.32 y 4.68 litros. Por tanto, ahora entre el 86.4 y el 97.5 por ciento de la sangre de José Tomás es mexicana”.
En la enfermería, el drama fue algo más que monumental. El torero había perdido muchísima sangre. Otros quizá no hubieran resistido. Así murieron viejas glorias. A Manolete, “Islero”, de Miura, le mató en Linares en agosto de 1947. A otros, con la femoral rota, los mandaron a otra vida. Sin asistencia médica como la de ahora. Sin milagros, como los obrados en la Monumental de Aguascalientes.
Los salvadores
Los médicos también hicieron una proeza. Alfredo Ruiz Romero, uno de los que intervino al diestro en la enfermería, lo afirma y el que lo lee se queda con un nudo en la garganta: a José Tomás lo operaron despierto, sin anestesias. La circunstancia lo ameritaba y con urgencia. “Si no se hace esa maniobra seguramente que otra cosa hubiera sucedido”. Otro de los héroes de bata blanca fue Juan Carlos Ramírez Ruvalcaba.
Cinco, seis horas después, José Tomás volvió de la muerte. Los médicos mexicanos salvaron a la leyenda más reciente que tiene la Fiesta.
Diez años después, el llamado “Príncipe de Galapagar” sigue siendo el mito viviente. A manera de homenaje a la nueva vida que llevaba, en 2012 la Fundación José Tomás publicó el libro “Diálogo con Navegante”, con prólogo del Nobel y gran aficionado a los toros Mario Vargas Llosa.
José Tomás se confiesa en este compendio de artículos, análisis y reflexiones. Recita el torero sus propios vivencias, una de las cuales dice “vivir sin torear, no es vivir”. Su diálogo con el toro que le arrancó la vida lo ha mantenido y eternamente estará ligado a su vida, como lo ha estado México desde siempre en la trayectoria del torero madrileño.
José María Napoleón nos dijo a Puerto y a mí en noviembre pasado “los ángeles llegaron del cielo para dejarlo en la Tierra con los vivos”.
Esa noche de abril de 2010, cosas del destino, José María Napoleón y Joaquín Sabina serían acompañantes de Tomás en la presentación de un pasodoble con el nombre del torero. Nunca llegaron. Pero se unieron más.
Napoleón, a quien se considera como un hermano del diestro, consejero y compositor que más admira, nos contó, antes de salir hacia el palenque de Xmatkuil: “Los hombres de leyenda son únicos”.
El 12 de diciembre de 2018 tuve el privilegio de verle torear en la Plaza México en la Corrida Guadalupana. A un toro por cabeza, había que salir a morirse, o a ponerse más cerca, donde los demás no se ponen. Me sacudió desde que le vi de novillero en fotos y luego de matador en vídeos, y con lo que pude ver de la cornada de “Navegante” que agrandó aún más su leyenda.
“Un paso adelante y puede morir el hombre, un paso atrás y puede morir el arte”, le leo a Pepe Alameda en su “Crónica de Sangre… 400 cornadas mortales y otras más”. La de Tomás tendría un capítulo aparte en ese y en cualquier tratado de la tauromaquia.
Remato con dos frases de Alejandro Prado: “Me encogía el corazón ver la escena”, e “hice lo que correspondía, en mi lugar cualquier otro hubiera actuado igual. Ayudé a un torero herido, sin importar que fuera José Tomás”.— Gaspar Silveira M.
