El vestuario usado por Manolete la tarde en que murió en Linares

La vestimenta de Manolete, el lujo en Las Ventas

A lo largo de los años, una de las visiones que he guardado es ver a los toreros, de cualquier nivel que sea, antes de partir plaza. Me supone un momento de increíble seriedad, quizá la antesala entre lo que supone ser la vida y la muerte.

Recuerdo, de niño, a los toreros que iban a mi pueblo, particularmente a dos, a don Mariano Canto, que no sé si viva, y a Manolo Soto.

Como a veces no tenía para pagar por ver la corrida desde el tablado (en silla o en baranda), lo que me permitía mi capacidad era ver en dónde acechaba entre las varillas que forman las barreras o los guanos que forraban los tablados, algunas veces con láminas de zinc. Tenía especial atención por ver cómo iban vestidos, de qué forma era el traje de torear, imaginar cómo lo confeccionaban. Del jefe de cuadrilla, el matador, y de los demás integrantes, los subalternos. En lo que se alistaban para partir plaza, esos momentos de solemnidad que desde el torero de pueblo hasta la primera figura tienen para encomendarse a Dios, a los santos, a orar por sus familias.

Luego fui acercándome más a los toros de forma profesional y te apasionas tanto, que incluso en ocasiones ya aprendes a reconocer a un torero incluso por el vestido que porta, o a saber que tal o cual matador usa particularmente un tono en sus ternos.

El traje o vestido tiene una historia increíble y siempre será una parte rica en la tauromaquia. Así me he pasado todos estos años que llevo leyendo, escribiendo y cubriendo la Fiesta. Lo de los vestidos de torear es algo que va de la fantasía del aficionado al sentimiento del torero.

En el San Isidro de 2019 tuve la oportunidad de visitar el Museo Taurino de la Plaza de Las Ventas y pude ver el vestido que ha robado mis atenciones desde siempre: el usado por Manolete en la tarde en que murió en Linares.

El terno, en rosa mexicano, aparece en un aparador impecablemente cuidado. Desgastado con el paso de los años, pero allí luce estoico, y te hace volar, como si fueras a ver que el busto que está junto a esa vitrina, fuera a estar dentro del terno. Quizá sea una de las más grandes reliquias que pueda haber en el recinto. Todos los detalles que el “Monstruo de Córdoba” usó en aquella trágica tarde del 28 de agosto de 1947 se encuentran en el museo. El vestido completo, con la casaquilla colgada y la taleguilla doblada sobre un banco como si fuera a usarla. De lado, las zapatillas, montera, las medias rosas, la muleta y el estoque con que despachó a “Islero”. Y del otro extremo, el precioso capote de paseo.

Voló mi mente aquella mañana de mayo. Recordé a cuántos toreros he visto de cerca, algunos nos han dado la oportunidad de verles vestirse (son muy celosos o supersticiosos y no permiten hacerlo). El ritual es único. Como cuando vi a José Ventura (el papá) hacer cortes y coser en su sastrería taurina en el sur de Mérida los avíos de muchos que se visten de toreros.

 

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