Amigos aficionados…

Nada fácil la tarea de plantarse ante un animal que quiere defenderse. El toro de Lidia, o novillo, vaca, buscará siempre eso.

El torero es ejecutor, por tanto, de una de las profesiones de mayor riesgo. “Un paso adelante, muere el hombre, un paso atrás, muere el arte”, escribió Pepe Alameda, el maestro de maestros de la narrativa y crónica taurina, que tuvo la osadía de hacer un recuento de más de 400 percances mortales y de suma gravedad en los ruedos en “Crónica de Sangre”.

El 12 de diciembre saludamos a “El Payo” entre el río humano que nos llevaba a la Plaza México. “Si los toros no dicen otra cosa, quiero volver pronto a Plaza Mérida”.

Nos preguntamos entonces: ¿Si los toros no dicen otra cosa?

Los toros no tienen palabra de honor, así que los toreros no tienen hora para decir “hoy no”, cuando se torea. En los pasillos de Las Ventas de Madrid recordábamos con el maestro Luis Francisco Esplá un espeluznante percance sufrido en el ruedo de Céret, en Francia, del que salió vivo de puritito milagro. “Y aquí estamos. Pasó porque pasó”, nos dijo Esplá, feliz de la vida, en aquella tarde de San Isidro.

¡Cuántos así! Los toreros están hechos de otra pasta.

Lo mencionamos por la gravedad de las cornadas sufridas en días pasados en Tecolotlán, Jalisco, por el joven torero yucateco André Lagravere Peniche. Durísimo el percance de “El Galo” en la tarde de carnaval en esa población. Ayer, por fortuna, pudo caminar, lo que habla de la importante recuperación que lleva.

Un torero soporta lo que no aguantaría un futbolista al que empujan y hace drama ficticio. Son “verdades” distintas.

¿Cuántos han estado cerca de dejar la vida en la arena y regresado para seguir viviendo y toreando? Y mencionemos que, para un torero, no torear, es como no vivir.

Pero igual, como narra Pepe Alameda, muchos alcanzaron la gloria taurina por estar en el momento en que, ciertamente, toca pagar tributo con la vida.

De eso se trata la tauromaquia. Del juego de la vida y la muerte. Entenderlo será increíblemente imposible para quien no puede siquiera intentar aceptar la cultura del toro, del qué y para qué es. Caminaba hacia la Plaza Mérida la tarde del aniversario 93 y un grupo de manifestantes, más allá de sus pancartas, gritaban adjetivos como “asesinos”, “torturadores” y otros más a quienes pacíficamente íbamos a rendir culto a esa liturgia que es una corrida de toros.

¿Asesinos? ¿Torturadores? Pagamos (los aficionados) boleto para sostener un espectáculo, en el que se pagan miles de pesos por cada toro a los ganaderos para que inviertan nuevamente en criar reses bravas durante cuatro años. Y se contrata a hombres vestidos de oro y plata para jugarse la vida ante un cornúpeta cinco o seis veces mayor en peso que ellos.

Los involucrados en la Fiesta aman a los toros y por eso le rinden culto. Incluso, cuando hiere de gravedad, o mata, a quien se gana la vida parándose ante sus astas.

El toreo es verdad. Y su verdad le dará vida por siempre.