Cualquiera que le hubiera visto sin saber qué le pasó la víspera pensaría que Morante de la Puebla no tenía nada. Pero aún con el cuerpo maltrecho por una paliza fenomenal recibida el día anterior, sacó parte de ese toreo de arte que se le conoce.

Y lo suyo, ante un toro de Virgen María, el sexto, fue bordar despacio, con aroma de toreo caro, para salir como el mejor librado en una tarde de altísima expectativa, como es el Domingo de Resurrección de la Real Maestranza de Sevilla.

Los toros de Juan Pedro Domecq ofrecieron cara al principio, pero se quedaron con la cruz en el tercio final, desluciendo una tarde de no hay billetes, en la que Pablo Aguado meció las manos para torear a la verónica como enamoran muchos en el ruedo de Sevilla, y Juan Leal mostró que clase tiene, y deseos también.

Morante, apaleado el sábado al torear en Línea de la Concepción, encandiló a todos con el cuarto, un sobrero de Virgen María. Citando un concepto de la crónica de mundotoro.com: “Porque Morante le calibró de forma fina distancia y sitio. Sitio. No se vuelvan locos, Sitio, por indefinición, es el sitio donde el toro embiste y hay que ser muy buen torero para calibrarlo a este tipo de toros, pasárselo tan cerca y ceñido y con esa naturalidad. Como quien bebe un vaso de agua, pero sin mucha sed. Despacio, que hay más, que esto no se acaba. Quien dijo esfuerzo. Y, sin embargo, fue faena de esfuerzo, que, tan un pinchazo, se quedó sin sus pañuelos, que también estaban planchaditos y ensayados en casa”.

Eso fue Morante en una tarde en que el cuerpo pedía descanso y el público que toreara. Así son los días de Resurrección.

Ayer, se quedaron todos con sabor de los detalles vistos, y la entrega de los tres toreros. No hubo una sola vuelta al ruedo, pero sí la sensación de que, a falta de premios concedidos, hubo trofeos mentales, como en tardes que se guardan en los baúles.— Gaspar Silveira