Entrada de lujo en la plaza de Madrid que sube la moral en estos tiempos. Por desgracia el espectáculo no correspondió al marco del mismo en la Feria de Otoño en la Plaza de Las Ventas de Madrid, que no tuvo premios.
Diego Urdiales, al que ya en Madrid le han borrado de la lista de toreros proletarios y lo han registrado en la de potentados, se se vio sometido a un estricto control de su actuación en ambos toros de El Pilar, y ambos tan blandos y descastados que apenas le dejaban un espacio para desgranar muletazos sueltos, alguno muy de su firma especialmente en el primer toro. Derechazos y algún natural para cubrir el expediente, ni más, ni menos.
Juan Ortega, en tanto, interpretó el toreo a la verónica en su primer toro con cadencia y tersura. En el último tercio metió pico y se los echaron en cara los aficionados de vitola.
El quinto toro le sirvió al sevillano para entretejer algunos muletazos sueltos de templada factura, todos por el pitón derecho y aderezados con muletazos por bajo de buen gusto. Faenita de pellizco que remató de un espadazo en lo alto para una vuelta al ruedo.
Pablo Aguado y su levedad quedaron más que patentes en sus dos toros, especialmente en el tercero. Tan solo el reposo en los lances a la verónica y en el quite por delantales se pueden registrar con buena nota en un balance muy pobre de su actuación. En este tercer toro Aguado se conformó con el andar de mírame y no me toques, dejando algún detalle de temple en los derechazos y absoluta levedad en el toreo sobre la mano izquierda. El sexto toro, de raquítica casta, no le dio otro margen a Aguado que un trasteo vacío de contenido.— Marca
