Amigos aficionados…

En un suspiro se fueron los días de asueto taurino en Yucatán. Ya tenemos otra vez la temporada a la vuelta de la esquina.

Es una gran época, no cabe duda, máxime porque la fiesta de los toros no está en un lecho de rosas.

Por tanto, lo que se tiene que hacer es seguir trabajando juntos, sin el yo, ni el tú. Es para jalar parejo en todos lados, para hacer de lado aquello de que los más grandes enemigos de la Fiesta están en la misma sangre de la tauromaquia.

Ayer, en la labor de reseña del encierro que lidiarán el domingo en la corrida inaugural, hubo la oportunidad de estar en los callejones del coso, donde las más grandes figuras de todos los tiempos han desfilado, y con la sangre y sudor se han escrito páginas brillantes.

Recordaba días antes platicando con taurinos de la vieja guardia los acontecimientos que han cimbrado la Mérida, que han dejado a la posteridad recuerdos que, en una hora metido mirando el nonagenario coso, hicieron volar la mente, como si mirara a Manolete, como si Paco Camino estuviera en el ruedo, o no sé, también acordarme de las faenas imaginarias que nunca vi, o pensar en la sangre de las venas de Rafaelillo en aquella cornada de 1977 que casi le costaron la vida.

Ah, la Mérida. Cuántas vivencias, cuántos recuerdos, y lo que viene.

Entusiasma saber que habrá un yucateco listo para convertirse en matador de toros, el buen Jusef, el joven de Mama que cada vez que fue a la Mérida de aficionado soñó con su doctorado.

Huele a toro, a sensación de habano encendido, de escuchar pasodobles previos al Cielo Andaluz que avisa que hay que partir plaza.

¡Suerte a todos!

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