No puede decirse que Morante de la Puebla detuvo los relojes. Tal vez los aligeró, como pudo haber causado un revoltijo en las calles aledañas a la Maestranza de Caballería de Sevilla.
Morante cortó un rabo. Y tenía 52 años que no se otorgaba el máximo trofeo en el coso del Baratillo. Desde Ruiz Miguel a un toro de Miura en la Feria de Abril de 1971 no ocurría una gesta así.
Lo que hizo el torero fue mostrar a un público ávido de verle que su concepto de toreo es único. Un recital para el cual, fundamental, se necesitaba un toro y allá apareció “Ligerito”, marcado con el hierro de Domingo Hernández, dehesa hermana de la que también salió disparado para el indulto “Orgullito”, lidiado por “El Juli” en el abril de 2018 (Garcigrande). Y una comunión franca en la que al torero le concedieron el trofeo y al toro lo premiaron con la vuelta al ruedo entre clamores.
Se prodigó Morante en el toreo con la capa, desde los lances de recibo hasta la genialidad de los quites y en como llevó al toro al caballo para el primer tercio, con la plaza de la Maestranza tronando entre ovaciones. Era Morante, el torero consentido y del que, conceptuando su tauromaquia, pueden esperarse muchas cosas. A veces puede no ocurrir nada, y a veces puede suceder lo difícil de narrar, aunque veas la corrida en repeticiones una y muchas veces más.
Un párrafo tomado de la reseña de mundotoro.com apunta: “Morante de la Puebla es el más grande de la Historia. Jamás un torero ha dado a cada lance un sello propio. Se ha vuelto a inventar cada suerte en sus manos con un dominio absoluto de la técnica del toreo. Jamás un torero ha cuajado tantos toros con el capote, ni los ha podido tanto, ni los ha reducido tanto. No se puede torear más ceñido que Morante de la Puebla. Ni tampoco mejor. Con capote, muleta y espada. Una obra cumbre de principio a fin. Una faena cuya magnitud no podía ser otra que la del rabo. Historia de Sevilla y del toreo. ¿Y ahora qué? A ver quién es capaz de torear por gaoneras o tafalleras”.
De si es o no el más grande por lo que hizo, quedará para los eternos debates y alimentará la historia. Lo que sí, es que lo que siguió al momento del épico triunfo fue clímax para los aficionados: sacar en hombros al torero por la Puerta del Príncipe y llevárselo cargado en peregrinación hacia el famoso Hotel Colón, atravesando calles céntricas de Sevilla. Detuvo el tráfico en hora pico, eso sí.
Actuaron en la tarde Diego Urdiales y Juan Ortega. El primero, con una faena estética al quinto de la tarde, que para mala fortuna del torero de La Rioja, ocurrió cuando todavía se estaba en la borrachera morantista. Una muy importante faena la de Urdiales, firmada además con soberbio estoconazo. Fuerte ovación recibió como premio a su labor. Ortega tuvo palmas con su primero y silencio en el que cerró plaza, ya con todo mundo pensando en tirarse a la arena maestrante para cargar en hombros al genio que hizo vibrar a Sevilla y al mundo del toreo que le siguió por la televisión y las redes sociales.— Gaspar Silveira Malaver
