En la mañana del 15 de abril, molido después de una noche de casi sin dormir, de torear el viernes y un largo viaje de San Luis Potosí a Mérida, “El Juli” desayunó huevos a la yucateca, se tomó un café con su apoderado Luis Manuel Lozano y los empresarios yucatecos Alberto Basulto y Alberto Hagar, que invitaron al Diario. Había recorrido, poco antes, los corrales de la Plaza Mérida, donde, en la tarde-noche, torearía luego de un ausencia de 14 años en el coso de Reforma.
El semblante de Julián López decía mucho: cansancio, sobre todo. Cansancio por el peso de la responsabilidad, más que por lo físico.
Tras el café, revisó su tableta y aceptó una pregunta del Diario. Camino a su habitación la respondió, quedando que en la tarde, antes de partir plaza, hablaría más calmado, fluido, porque estaba mucho más que cansado, suponemos que de torear, viajar y de ser lo que es para la fiesta de los toros.
¿Cómo soportar el peso de la púrpura tanto tiempo, de estar siempre arriba?, fue la pregunta.
Julián López respondió primero con su acostumbrada expresión de “¡ufff!”. Y dijo: “Es difícil llegar, más difícil mantenerse. Pero todo termina hasta que la mente y el corazón aguanten”.
Eso fue algo que ayer, en las primeras horas de España y madrugada mexicana, quedó más que definido: Julián López Escobar, el que fue niño prodigio y llegó a lo más alto del toreo, tal vez cansado de tanto peso cargado, decidió que se retira. Y anunció que se va de los ruedos tan pronto finalice la actual temporada española. Su partida, de acuerdo con un comunicado enviado a los medios, señala que será “indefinidamente”. O sea que quizá vuelva a torear. Más adelante, apunta que “esta noticia no es una retirada, es el final de una etapa que por cierto ha sido maravillosa. Sobre el futuro, solo el tiempo dirá”.
Porque él, más que todos, durante 25 años había estado siempre en la primera línea, en las grandes ferias, en las plazas de segunda, en todos lados. Han habido figuras a su lado, pero una torea cuando se le pega la gana, escogiendo plazas, alternantes y ganaderías; otra, si no hay “su toro”, no quiere estar en el ruedo; algunas más, torean porque tienen que torear para vivir. Para “El Juli” torear es estilo de vida, competir y, ante todo, sentido de responsabilidad y profesionalismo. Tiene que poder una tarde sí, y a la siguiente también. Es la diferencia.
Las estadísticas del torero madrileño son estratosféricas, como apunta Antonio Lorca en “El País”: 1,851 corridas, 2,863 orejas, 97 rabos y 955 salidas a hombros, siete de ellas por la Puerta del Príncipe de Sevilla y solo una por la Puerta Grande de Las Ventas de Madrid, porque la autoridad le negó, al menos, tres triunfos soberbios que solo hicieron que creciera su aura de grande. La faena que hizo a “Cantapájaros” en Madrid en 2007 fue una de las mejores de su vida, y el presidente le negó la segunda oreja. Fue la segunda pregunta a “El Juli” aquella jornada de abril: ¿Su mejor faena? Y respondió: “Solo al presidente no le gustó esa faena”.
Ser torero, su vida
El torero dice que esta es una decisión que tenía tomada hace tiempo, pero que no ha querido comunicarla hasta que pasaran las principales ferias. “El toreo ha sido, es y será la inspiración y el motor de mi vida”, continúa, “y doy este paso con la más absoluta felicidad por haber cumplido todos mis sueños, incluso más de lo que podía imaginar. Poder transmitir mis sentimientos y emocionar al público es algo mágico, inigualable, que solo un torero lo puede sentir con esa verdad y profundidad”.
Se marcha un torero que, desde que se le vio la primera vez jugar al toro, se auguraron cosas grandes. Un pequeño genio que después fue algo como un catedrático, toreando, hablando y, cuando fue necesario, defendiendo rotundamente a la tauromaquia ante los detractores.
Su maestro de la escuela de tauromaquia, Gregorio Sánchez, dijo: “A este chaval no hay que enseñarle nada”.
Pronto se convirtió en un joven maestro. Su cátedra la dio desde novillero, con la fuga a México, donde le permitieron torear a pesar de su edad. Sacudió todas las plazas donde toreó, especialmente la México, donde indultó a “Feligrés” celebrando sus 15 años, y aquí en la Plaza Mérida agotó el boletaje para su estreno del domingo 18 de enero de 1998, como solo otros como Manolete, El Cordobés y Paco Camino habían hecho.
Es, con 25 años de alternativa, figura privilegiada. Ante el toro, sin embargo, ese privilegio a veces no evita las cornadas y el olor a tragedia. Casi entrega la vida en el ruedo de la Maestranza en 2013, ante un toro de Cortés, percance del que él mismo admitió que era el que realmente más miedo le había dado y que si alguna vez tuvo miedo de morir, fue esa. Una veintena de veces pasó a la enfermería tras ser herido por los toros.
Cuando cumplió 15 años de alternativa, Jesús Quintero “El Loco de la Colina”, en el preámbulo de una entrevista le expresó frente a frente: “Media vida de matador de toros. Pero la leyenda comenzó mucho antes, cuando solo era un niño y se tuvo que exiliar a México para cumplir su sueño de torear. Se perdió la infancia, pero se ganó la gloria… Durante años toreó más que nadie, cobró más que nadie y llenó las plazas más que nadie”.
Fenómeno de su generación, tomó la alternativa en una muy expectante tarde el 18 de septiembre de 1998 en la Plaza de Nimes, Francia, con José Mari Manzanares padre de padrino, y de testigo, Ortega Cano. Hasta ahora, su último paseíllo firmado es para el 1 de octubre, en la Feria de San Miguel de Sevilla, en la que está anunciado con toros de Garcigrande, junto a Morante y Daniel Luque. Seguramente ahora, en cada corrida que se presente, será un acontecimiento. Ayer, su anuncio fue noticia no solo en el mundo del toro. Los negocios, la sociedad, incluso los antis, lo tuvieron en primer plano, como ha sido con Julián López, el prodigio que hizo realidad su sueño y el de muchos que se hicieron toreros “porque quiero ser como ‘El Juli’”.
