Amigos aficionados…
Y se viene una novillada al ruedo de la Plaza Mérida.
Esa es, no hay duda, una noticia de mucha valía para la tauromaquia, para su fomento. Como en el soccer, el béisbol y otros deportes, y en la vida, todo se inicia desde abajo y no hay nada mejor para la fiesta de los toros que se decida por meter una novillada como cierre de una temporada que ha sido interesante. ¿Razones? Les comentaré una: es cuando se ve el toreo en su estado más puro, sin recovecos, con la mayor verdad posible, con el toreo lejos de mañas.
Cierto: una novillada no deja ganancias como puede dejar una corrida (que genera muchísimos más gastos) y no tiene atractivo en el cartel, salvo contadas excepciones con prodigios que escasean cada vez más. Al menos esta, dicen los organizadores, ha despertado expectación y la gente está yendo a las taquillas, aprovechando en parte el bajo costo de las entradas.
Ahora bien, hacerla en la Mérida puede tener repercusiones. Y mire usted esto: la plaza de la capital yucateca, con su corrida de rejones de Año Nuevo ya tiene su punto de referencia, y lo mismo ha comenzado a pasar con la tarde del aniversario del coso, en la llamada “corrida blanca”. Ahora que se meterá una novillada se puede pensar en que se haga tradicional un festejo mejor para el cierre y se tendrían tres acontecimientos señalados en el calendario por caballistas, matadores y novilleros, para pelearse por estar en Mérida.
Eso, además, fomenta la formación. Recordamos que allí comenzaron toreros consagrados, que picaron piedra fuerte como novilleros antes de ser grandes figuras.
La que anuncia Toros Yucatán el viernes 22 de marzo, a las 8 de la noche, tiene a tres diestros que no son muy conocidos, salvo Bruno Aloi, por su apellido, pero no hay nada mejor que salir a ver a tres jóvenes romperse el alma sin escatimar. Cosa de hombres, no de nombres, con César Pacheco y Diego Bastos para el día 22.
Así son las novilladas, como cuando los futbolistas y beisbolistas novicios, tratando de comerse al mundo, con el alma por delante. Es verlos ahora, y luego contaremos sus historias, si Dios lo permite, claro. Gaspar Silveira
