La apabullante demostración de Roca Rey, que sumó tres orejas y abrió la segunda Puerta del Príncipe de su carrera, marcó el argumento principal de la penúltima tarde de la Feria de Abril, en la que Juan Ortega, sin lote a favor, se marchó de vacío y Pablo Aguado cortó una valiosa oreja al sexto, en medio de un inesperado aguacero.

En cualquier caso, el paseo militar del diestro limeño acabó marcando esta corrida, decimocuarta del abono sevillano en la Real Maestranza, en la que logró trocar las lanzas en cañas después del clima hostil vivido en su compromiso anterior ante los toros de Victorino Martín. Roca Rey entró en la plaza siendo discutido y la abandonó a hombros aclamado por el público que abarrotó los tendidos.

Para lograr ese premio sorteó a favor el mejor toro del desigual lote de Victoriano del Río. Fue un segundo protestado de salida por su escasa fachada y aire avocado, con el que apretó el acelerador desde que lo lanceó de capa hasta que lo tumbó de un espadazo. La faena comenzó de rodillas después de una larga espera para que el animal se encelara en el engaño. El peruano se lo pasó por delante, por detrás… y no cesaron los clamores.

La faena fue trepidante, entregada, seguramente autoritaria aunque también pecó de efectista en algunas de sus fases. Roca no estuvo tan profundo en el toreo fundamental, pero logró mantener la tensión del trasteo en los remates, los alardes, los martinetes y los intensos pases de pecho.

Se echó de menos, eso sí, un mayor compromiso en el toreo al natural —era el mejor lado del toro—, pero el apabullante arrimón final, en el que acabó volteado sin consecuencias, cerró cualquier discrepancia. Las ceñidas bernardinas finales y la estocada alentaron la petición. Con dos orejas en las manos ya tenía entreabierta la Puerta del Príncipe.

Ese ansiado honor, cada vez más frecuente en la plaza de la Maestranza, lo iba a lograr cortando una valiosa oreja del quinto de la tarde, un toro de fondo manso y con muchas más teclas que tocar, en el que estuvo realmente importante. Ahí remachó, venciendo cualquier duda, una actuación de primera figura del toreo. Abrió por estatuarios, se la jugó por el pitón izquierdo y lo sometió por el derecho mientras el animal parecía rajarse.

El arrimón, una vez más, despertó un auténtico clamor mientras se mascaba ese paseo a hombros que le coloca en el cuadro de honor de esta Feria de Abril que ya encara su final. La espada cayó tendida y suelta y Roca salió perseguido perdiendo el engaño. Cayó la oreja y con ella la Puerta del Príncipe.

Pero no fueron los únicos trofeos que se cortaron en esta entretenida función, que coincidía con el apagado de los farolillos abrileños. Se la cortó Pablo Aguado al sexto, y bajo la lluvia, gracias a una faena llena de primores en la que el matador sevillano, que se mostró valeroso y rotundo con la espada en sus dos enemigos, suplió con temple, cadencia y buen gusto lo que le faltaba a su enemigo.

Aguado ya había satisfecho los mejores paladares toreando con mimo, temple, cadencia y precisión al tercero después de cuajarlo a la verónica en los lances de recibo. No faltó un excelso quite por delantales de Ortega, que fue replicado, sin demasiado brillo, por el propio Aguado, que dictaría una faena casi secreta, muy por encima de las carencias de un astado al que le costaba un mundo ir hacia delante. En el primer viaje con la espada fue prendido por la barriga pero, repuesto e indemne, se repuso para agarrar una buena estocada.

El más esperado de la tarde, Juan Ortega, no tuvo toros. Le sacaron a saludar después del paseíllo en recuerdo y reconocimiento de su faena del pasado lunes, pero apenas pudo mostrar una exquisita compostura con un primero vacío de todo, e intentarlo de verdad con un cuarto que, literalmente, no podía con su alma.

Hoy se cierra la Feria de Abril con la presencia de los toros de Miura, célebre hierro andaluz, en la reaparición de Manuel Escribano, aún recuperándose de la cornada del memorable sábado pasado, con “El Fandi” y Esaú Fernández.— EFE

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