Amigos aficionados…
Recordaba una amena, inesperada charla con Victorino Martín García en un salón de la Fundación del Toro de Lidia. Tratamos en aquél mayo que fue mágico sobre varios tópicos, entre prisas porque esa tarde tenía que reportarse con el equipo de comentaristas de la Plaza de Las Ventas.
¿Y “Cobradiezmos”?, preguntamos respecto de un toro de épica que le habían indultado a su ganadería en abril de 2016 tras la lidia, diríase perfecta, de Manuel Escribano.
“Como ese toro, difícilmente habrá otro”, respondió, mientras miraba las imágenes de las ferias de los pueblos yucatecos, presentadas ese día en el compendio “La Fiesta no manifiesta”.
No se espera, nunca, que un toro se parezca a otro en su forma de embestir y comportarse en la lidia. Lo que puede esperar un ganadero es tener otras crías quizá mejores, o que cumplan a cabalidad para que les perdonen la vida, como al cárdeno “Cobradiezmo”, un toro “chulo”, como dijeron los cronistas en la Maestranza.
Y no, no se quiere, que haya indulto tras indulto. Un indulto debe ocurrir, digamos, uno entre miles. No debe ser moda, menos regalo.
Un día, iniciando estas aventuras periodísticas que no se terminan (1991), Chucho Solórzano, que indultó dos toros en la Mérida, nos dijo: “Que me muera si me indultan otro. Eso no debe pasar siempre”. No se murió pronto. Y no tuvo otra faena de perdón de vida.
Cerramos recordando a don Juan Castillo González, el desaparecido patrón de Sinkeuel, mientras veía la placa que inmortalizó a “Lunero”, indultado por David Silveti en 1988 en Mérida: “El orgullo de un criador de toros bravos es eso, la bravura es única. Indultado o que le corten el rabo”.- GASPAR SILVEIRA MALAVER
