Luego de analizar varios días el final de la Serie Mundial con el aplastante triunfo de los Dodgers de Los Ángeles sobre los Yanquis de Nueva York, no me queda más que reconocer el octavo título obtenido por los actuales monarcas, que consagra a los mejores de este bello deporte. Es más que merecido.
Los angelinos lucieron como un equipo muy superior en todos los aspectos del juego, a diferencia de los neoyorquinos que jugaron verdadera basura, especialmente en el quinto partido. Y eso dejó decepcionados a sus fieles seguidores, a los que llenaron el maravilloso Yankee Stadium y los millones que los siguen más allá del Bronx.
Después de sus primeras dos derrotas en el Dodger Stadium pensé que el regreso su casa, repleta de sus adoradores aficionados, cambiaría el panorama.
¡Qué equivocado estaba! Los Yanquis lucieron peor.
Sin pitcheo ni bateo oportuno, y con errático juego defensivo, firmaron su sentencia de muerte.
No se levantaron desde el jonron de Freddie Freeman en el Juego 1. Y lo que siguió fue una historia esperada.
¿Quién pagará los platos rotos? El tiempo dirá. Los Yanquis tienen mucho trabajo para este pesado receso de temporada.
(*) Presidente del Club Campestre
