Amigos aficionados…
Ojalá la jefa de Gobierno de Ciudad de México, o la gente que le asesora, lean los periódicos impresos o digitales que den cuenta de la actividad de ayer en el cierre Feria de las Fallas de Valencia, en España.
Al último festejo de la mundialmente famosa feria valenciana acudió Felipe VI, el rey de España. Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia no se ha escondido nunca de la preferencia de su familia hacia la fiesta de los toros (su abuela, doña Pilar, fue gran aficionada, ni se diga su padre, el rey emérito Juan Carlos). Y él, aficionado o no, cumple con su encomienda de asistir a festejos especiales como representante de la corona y de su país, fortificando la presencia de la fiesta de los toros, tan arraigada en su patria. La de ayer fue una corrida especial porque se rindió homenaje a las víctimas y damnificados por la DANA en meses pasados. Allí estuvo en una barrera, con frío y llovizna.
El monarca sabe todo lo que representan los toros para España, su patria, como para los países europeos (Francia y Portugal) y los americanos (México, Perú, Venezuela, Colombia y Ecuador, al menos) que la han hecho muy suya. Es un asunto de carácter cultural que viene de generaciones en generaciones, forjando tradiciones, grandes aportes de la economía, con fuentes de empleo, y suceso natural por lo que representa para la agricultura, ganadería y más.
Entonces, los que asesoran al rey Felipe VI tienen también conocimiento de lo que son los toros y no le niegan a Su Majestad el ir, por voluntad propia y de las mayorías, por encima de las políticas, a dar representación de España en un evento masivo de la tauromaquia.
Y preguntamos: ¿los que asesoran a los políticos mexicanos que quieren prohibir las corridas de los toros, tienen conocimientos de lo que es la tauromaquia, como la tienen los españoles? A la economista Brugada Molina, ¿quién le dice qué tiene que hacer? Porque, si lo que se votó en el Congreso de Ciudad de México fue por propuesta meramente de ella, fue una decisión abiertamente absurda, unilateral y con total falta de respeto a la esencia de la fiesta de los toros. ¿Habrá ido alguna vez a pararse en una plaza de toros? ¿O estado en alguna ganadería o conociendo el fondo de la Fiesta?
El toro bravo es un animal creado y criado exclusivamente con un fin: pelear en la arena y morir en la plaza. Si fuera un toro bueno, premiado de indulto, para seguir con su línea sanguínea haciendo descendencia en la dehesa. Y a lo largo de los tiempos, ha sido picado, banderillado y matado a estoque. Es un resultado de años de vida en el campo. Ha sido así por siglos. Pero en Ciudad de México quieren acabar con todo eso, sin que tengan conocimiento, creemos, de todo lo que gira en su entorno.
Como dice “Catón” en una columna editorial reciente: “No hay nada más peligroso sobre la faz de la tierra que…” Sí, eso.
Y por eso ha llegado a ser ley el “espectáculo sin violencia” en la capital mexicana, mientras en el país la violencia es el común denominador, a las narices de los políticos verdes, guindas o azules. Así pues, mi respeto, Majestad.— Gaspar Silveira Malaver
