Morante de la Puebla había logrado triunfos importantes en Sevilla, con la elegancia de la Real Maestranza; en Madrid, con la unificación de criterios de todo el mundo de la élite y la dura crítica, pero tenía la asignatura pendiente en la plaza de todas las locuras del toreo, muchas buenas, otras que pueden no serlo.
Ya la tiene en su carpeta de vida. La fiesta del pueblo le consagró.
El torero sevillano, con una oreja en cada toro, se fue por la puerta grande luego de la tercera corrida de la Feria de San Fermín, en una tarde de expectación máxima por el cartel y el debut en Pamplona de los toros de Álvaro Núñez, los herederos de Núñez del Cuvillo.
Fue, también, en la plaza donde el niño mimado era Roca Rey y el peruano fue el único de la terna que no pudo irse en hombros, ante una romería grande con Morante y Tomás Rufo, quien mantiene un idilio grande con los aficionados navarros y de otras latitudes que colgaron otra vez el “no hay billetes” en el coso de La Misericordia. A Roca le tocó el peor lote y su labor fue silenciada.
Y ciertamente no fue con el purismo y arte de la arena de Sevilla, ni el poder con que cimbró Las Ventas en la Beneficencia, sino con un poco de todo, de chispazos de su aroma y aguantando duras embestidas. También momentos complicados, como cuando un aficionado le arrojó un proyectil en plena vuelta al ruedo. Morante respondió con un ademán que no hubiera sido bien visto de no ser porque el que lo hizo fue Morante.
A lo mejor en otra plaza, igual, no hubieran sido orejas de alta dimensión, pero el público las pidió. Decenas de aficionados llevaron al torero cigarrero hasta su hotel. Mucho tenía que no se veía tal alboroto en las calles de Pamplona.


