Bien dicen quienes lo vivieron desde el diamante: “Pasan rápido los años, pero aún se sigue recordando porque fue una gran historia”, escribe Óscar Rivera Ruiz, uno de los autores de esa obra.

Y sí, efectivamente, como apunta Arturo Millet Molina en un artículo que aparece junto a estas líneas, fue una gran historia la que terminaron de escribir, el 27 de agosto de 2006, los muchachos de Gustavo Ricalde Durán. El fallecido empresario hizo realidad su sueño y el de muchos aficionados yucatecos, de ver campeones a esos Leones, precisamente a ese proyecto deportivo y social, que dejó honda huella en la pelota peninsular.

El 27 de agosto de 2006, como ayer miércoles, arrancó el Juego 5 de la Serie Final que los Leones ganaron ante unos Sultanes de Monterrey que entraron como grandes favoritos. Un cuadrangular de Jesse Castillo, que sigue siendo memorable, definió la batalla entre los millonarios regiomontanos y un puñado de jóvenes soñadores respaldado por unos valiosos refuerzos que dirigió el boricua Lino Rivera, con su “béisbol pequeño” y mencionando siempre a “Papa Dios”.

José Vargas acababa de lanzar su cuarta entrada como relevista, una heroica labor del dominicano y ya no iba a subir para un quinto episodio. Llega la entrada 14. El score 1-1.

En la loma por los Sultanes estaba Miguel Rubio. El desfile de lanzadores había sido largo para los dos equipos en un domingo que terminaba y todos pensaban que se llegaría a lunes.

Jesse Castillo tomó su turno al bate. El cachanilla (del meritito Mexicali) era un novato al que la diosa Fortuna puso en el lugar correcto en el momento indicado. Jesús Castillo tomó una oportunidad que surgió al lesionarse el tercera base titular Francisco Cervera y no soltó la posición.

Rubio tomó la pelota para lanzar la entrada 14. Pasó un strike, luego una bola y sirvió el segundo pitcheo bueno. El cuarto lanzamiento llegó adentro, apenas arriba. Y Castillo, zurdo, lo prendió para mandarlo a las gradas del prado derecho. Apenas rebasó la cerca, haciendo inútil el esfuerzo del jardinero Luis Alfonso García. ¡Qué cosas! Todos saben cuán difícil es batear un jonrón por ese lado en el Kukulcán. El mismísimo “Supermán de Chihuahua”, don Héctor Espino, lo dijo al Diario al memos dos veces. Y Jesse, menudito, bateador inexperto, hizo lo impensable en el momento grande.

Esa proeza de Jesse puso fin entonces a una cadena de 22 años sin coronarse a un equipo que sufrió muchos años sin lograr nada, pero que, con Lino Rivera al frente, y con el deseo de un propietario de ganar, haciendo bien las cosas, alcanzaron los objetivos. Fue, no hay duda, un triunfo de David contra Goliat porque los Sultanes eran un verdadero trabuco, con peloteros de reciente paso en MLB.

Desde Guasave, Sinaloa, donde reside, Jesse Castillo escribió al Diario, entre sensaciones, todavía, de incredulidad. El protagonista principal del desenlace de película de esa final no oculta sus emociones.

Él, dice, fue una parte de aquel suceso, en el que, coinciden sus compañeros de 2006, todos pusieron de su parte. “Me siento muy contento de que me haya tocado consagrar esa gran temporada. Feliz de que cada año cuando llega esta fecha muchos aficionados, mucha gente, recuerde con gran felicidad este momento”.

Como el de 1984, en que los Leones se convirtieron en campeones contra todo pronóstico, los melenudos de 2006 atesoraron muchas historias de superación y de éxito para llegar al trono de la Liga Mexicana. Uno, aprender a remar a contracorriente, a dejar atrás un calendario difícil. Yucatán calificó en cuarto lugar y le tocó medirse primero contra los líderes Diablos Rojos, a los que batieron ganando el séptimo partido de forma increíble en el Foro Sol.

Luego, acabaron con los Tigres de la Angelópolis, que los habían echado de los playoffs un año antes. Y finalmente, la batalla ante los gigantes Sultanes de Mendy López, Juan Acevedo, Alfredo “Patoncito” Aceves.

El máximo logro, empero, fue sacar fuerzas para venir de atrás, con Lino dirigiendo a un equipo que, dijo el boricua en su momento, “le hacía falta un valiente, alguien que creyera y luchara por ellos. Llegué yo, armamos un gran núcleo, y ellos le dieron luz a mi carrera”.

Lino también destacó que “nunca podré pagarle a mi Dios al llevarme a una ciudad que amo, desde don Gustavo hasta el último aficionado de los pueblitos de Yucatán”.

Eso del “gran núcleo” del que habla Lino, lo señala Luis Borges en un mensaje enviado al Diario como recuerdo del acontecimiento: “Fue el mejor equipo y la mejor época del béisbol en Yucatán”, dice el “Vampiro”, el parador en corto de aquel memorable 2006.

El club armado por Lino con la venia de don Gustavo Ricalde fue con Jesse en tercera (con la Fortuna del lado de Castillo por la lesión de Cervera), Borges en short, Oswaldo Morejón en segunda y Pedro Castellano en la inicial. En los jardines, Willie Romero, Donzell McDonald y el “Rayo” Arredondo, y como bateador designado, Raúl Sánchez, cuyo jonrón inolvidable en el Juego 4, recorriendo las bases casi cojeando por una lesión, dio más mística a la serie. Una rotación sin nombres, pero con deseosos jóvenes como Óscar Rivera, Salvador Arellano y Wílliam Vizcarra, más una increíble victoria de Eduardo Salgado, veterano que no había tenido tanta suerte, pero que recibió la pelota para abrir y no desentonó en la lucha por la corona. Y el gran trabajo de José Vargas con fod salvamento en cuatro partidos, ganando el quinto, siendo el “Más Valioso”. No se arrepiente Vargas de haber trabajado como lo hizo, dejando el brazo en el Kukulcán y, tristemente, sentenciando su carrera en esa batalla.

Muchos han coincidido en que es triste que los Leones de 2006 no sean siquiera considerados para homenajes que merecieron por la hazaña en estos tiempos en que los melenudos andan de capa caída. Quizá eso aumente el valor del logro de los Leones de Gustavo Durán, Lino y compañía, como los de Romeo Magaña en la campaña de 1984. Tener hambre de triunfo e identidad fue fundamental camino a la gloria.— Gaspar Silveira Malaver

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