Francisco Rivera “Paquirri”, un portento de facultades de un torero que marcó una época
Francisco Rivera “Paquirri”, un portento de facultades de un torero que marcó una época

Por Rafael J. Ramos Vázquez

El destino es irreversible, definitivo. Está escrito en el libro de la vida el sino de cada hombre y debe cumplirlo, aunque no quiera.

La autenticidad de la fiesta brava es única, por eso es el más bello de los festejos. Sobre el ruedo la integridad de los lidiadores está en juego cada vez que suena el clarín y la puerta de los de los sustos se abre para dar paso a la fiera más bella, el toro. Entre espada y cornúpeta no puede haber arreglos ni componendas, se juegan la existencia. Así, hay toreros que ganan y pierden todo en el ruedo, inclusive lo más preciado que tiene el hombre: la vida. Ese deseo de triunfo, de ser figura, tiene precio y muchas veces se paga con sangre.

En Barcelona, el 11 de agosto de 1966, Francisco Rivera Pérez “Paquirri” hace el paseíllo vistiendo un terno celeste y oro, acompañado de Paco Camino, su padrino, a un lado, y del otro Santiago Martín “El Viti”, que fungiría como testigo. Era el segundo intento de su doctorado, antes, en la misma plaza, teniendo de mecenas a Antonio Bienvenida, no llega a tomar los trastes ya que es empitonado gravemente durante el primer tercio, percance que le impide recibir la muleta y la espada.

Esa tarde logra consumar su doctorado ante “Zambullido”, un astado negro como la noche sin estrellas.

Rivera fue un torero con gran repertorio y variedad de suertes, tenía una muleta poderosa y templada, una técnica depurada y un temple exquisito, dominaba todos los tercios, brillante con el capote y gran banderillero. El apodo tiene su génesis por lo siguiente: su padre se llamaba igual y le decían Paco. Para diferenciarlo de su progenitor sus familiares lo designaban cariñosamente con el diminutivo “Paquirri”, que se convirtió en su nombre artístico en el mundo de la tauromaquia.

El trágico festejo: 26 de septiembre de 1984, fecha que quedó grabada en el universo taurino para siempre. En Pozoblanco, Córdoba, provincia de la comunidad de Andalucía, se anunció un cartel en el cual figuraban Curro Romero, José Cubero “Yiyo” y Vicente Ruiz “El Soro”. Por azares del destino Romero declinó torear ese festejo y su lugar fue ocupado por Paquirri. Suenan los clarines, se abre la puerta de toriles y sale “Avispado”. Durante el primer tercio el astado no sigue el engaño del capote y empitona feamente a Rivera, quien es llevado a la enfermería. Por la gravedad es trasladado en ambulancia al hospital más cercano de Córdoba, falleciendo en el trayecto. Las astas de un toro asesino habían cobrado una nueva víctima. Rivera, con su sangre derramada en la arena, ennoblecía la tauromaquia. Después de todo, la muerte es el precio de la vida. Yucatán, noviembre de 2025

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán