Por Rafael J. Ramos Vázquez
Nadie quiere recordar la tragedia y la crudeza cuando sucede, pero es parte de la fiesta brava.
Contra la parca nadie puede, siempre llega en el momento preciso, ni antes ni después. Quien nace mortal camina inexorablemente hacia la muerte. Es ineludible, ninguna persona sabe cuándo llegará, pero estamos seguros que de este mundo nadie saldrá vivo, sólo lo dioses son inmortales. Pero una bella muerte engalana una vida con honor.
Haré una breve reseña de una funesta tarde: la de la muerte de Francisco Rivera “Paquirri”, matador de toros, ocurrida en 1984.
En septiembre, la pequeña localidad cordobesa de Pozoblanco realiza la fiesta de Nuestra Señora de las Mercedes, una festividad que organiza una serie de corridas que lidian los mejores espadas. Su plaza de toros situada en un campo llamado Los Llanos del Pilar, tiene un aforo para 5,000 aficionados y se denomina “El coso de los Llanos”. Un año antes en esa feria Paquirri había cortado cuatro orejas y un rabo.
Pero esa tarde, 26 de septiembre de 1984, desde la cordillera española Sierra Morena, los aires soplaban una brisa melancólica, presagiando malos augurios; la muerte sigilosamente aparecía en la serranía. Aquel día se lidiaron seis toros de la ganadería Sayalero y Bandrés y el cartel lo integraban José Cubero “Yiyo”, Vicente Ruiz “El Soro” y Francisco Rivera “Paquirri”. Éste último, fiel a su destino, cumplía su cita en la arena de Pozoblanco. El juez de plaza hace la señal y suenan los clarines, se abre la puerta de toriles y el quinto de la tarde hace su aparición, sale marcado con el número 9 en el costillar, de color negro intenso como la muerte que estaba en sus pitones. En la parte alta de la puerta donde salió se leía el nombre “Avispado”. Paquirri, sin presagiar la tragedia lo mira serenamente desde el burladero y sale capote en mano a cumplir con el primer tercio. La autoridad hace la señal y el pequeño instrumento musical de viento hace su sonido agudo y los picadores salen a cumplir su labor. Rivera trata de poner en suerte al toro ante el caballo, pero “Avispado” no sigue el engaño y empitona al torero hundiendo su asta en un muslo, lo sostiene varios segundos en el aire destrozando la vena ilíaca, la safena y la femoral. Los subalternos entran al quite y el espada rueda en la arena que se tiñe de sangre. Paquirri es levantado y llevado a la enfermería mientras la vida se le escapaba a borbotones. Son célebres las palabras que el torero le dice al doctor Eliseo Moran, quien lo atendió en el dispensario de la plaza. “Doctor, quiero hablar con usted o no me voy a quedar tranquilo. La cornada es fuerte, tiene dos trayectorias. Abra lo que tenga que abrir, lo demás está en sus manos. Y, tranquilo doctor”. El facultativo, por los destrozos causados por el asta y las precarias condiciones de la enfermería, no pudo contener adecuadamente la hemorragia y ordenó que sea trasladado a un hospital de Córdoba. Así se hizo, pero fueron interminables los kilómetros hacia la clínica cordobesa, en el trayecto sufrió un paro cardíaco, muriendo antes de ingresar al nosocomio.
Al llegar al hospital militar, trataron de reanimarlo, pero ya era inútil, había fallecido. La muerte arrebató la vida al torero, pero lo hizo una leyenda.
La muerte de Paquirri no fue en vano, engrandeció la más bella de las fiestas. ¡Qué viva la fiesta brava! Mérida, noviembre de 2025.
