Amigos aficionados…
El día de la corrida inaugural de la temporada en la Plaza Mérida, un sábado de octubre pasado, entrando a las instalaciones estaba en su punto más álgido la protesta antitaurina.
Ya nos acostumbramos a ello, ciertamente. Pero cada vez sorprende más la forma en que ellos, con sus argumentos, van más lejos, con la permisividad de la autoridad. Una chica con su cartulina, gritando, me increpó diciendo “eres un asesino… malnacido”.
No, le respondí. Ni asesino, ni creo malnacido.
Me quedó el sinsabor de escuchar que la gente que protesta ataque y acusa sin, creo, tener razones, porque no conocen a fondo la historia y realidad de la tauromaquia. Ellos casi te tiran entre sus protestas, te insultan y en esta vez hasta arrojaron pintura y líquidos, pero si los tocas, cometes un delito y de agredido pasas a ser agresor.
Luego pensé, una y otra vez, que en realidad no somos lo que ellos dicen. Revisando fotos, textos y más, y sacamos de las redes y los archivos a grandes hombres y nombres que han dado la humanidad y que se hicieron aficionados a los toros. Ernest Hemingway hizo universales los sanfermines de Pamplona, con amistad casi en hermandad con toreros de la época, como Antonio Ordóñez; Salvador Dalí, gran pintor, hablaba de toros y plasmaba sus obras, igual que hizo Picasso; Raúl, el “ángel de Madrid”, celebraba las grandes victorias del Real, especialmente en Champions League, con su capote (luego lo hizo Sergio Ramos y también “Joaquín, el del Betis”. Hay un póster famoso de los Juegos Olímpicos de Barcelona sostenido por las manos del mejor basquetbolista de la historia, Michael Jordan, y hace unos días vi una foto de Diego Armando Maradona en una barrera de la Maestranza de Sevilla.
Así que, estimada protestante, no son, ni somos, asesinos ni malnacidos los que van a los toros.




