Nunca fue una estrella del béisbol. Él mismo lo aceptaba. Pero todos sabían que era un personaje, que fue campeón en la Liga Mexicana y que era recordado por su forma de ser.
José Luis Muñoz Rochín, conocido popularmente como el “Mapache”, falleció la tarde de ayer en la clínica del Issste de Pensiones a los 74 años.
Una serie de complicaciones lo dejó hospitalizado por más de 20 días. En su cuenta de Facebook se leía desde días atrás un mensaje de su hijo Héctor, quien pedía a sus amigos ir a darle una despedida ante la dificultad que veían los médicos para la recuperación.
La misma cuenta anunció el deceso. Sus amigos reaccionaron con pesar, entre ellos Juan Carlos León Torres, campeón con los Leones en 1984, igual que Muñoz Rochín.
“Un gran amigo, apreciado, querido por todos”, dijo el infielder de Maxcanú.
Muñoz Rochín nació en Culiacán, pero desde la década de los 80 eligió Cancún como su hogar, donde era fácil de identificar por su gran bigote, su acento culichi combinado con yucateco y su muy peculiar sentido del humor, escribe Francis Marín Lemus, periodista de ese polo turístico.
El “Mapache” debutó en la Liga Mexicana en 1976 con los Indios de Ciudad Juárez, equipo con el que se mantuvo hasta 1978, antes de pasar a los Leones de Yucatán en 1980.
Tras ausentarse dos años del circuito veraniego, José Luis Muñoz regresó en 1983 con los Sultanes de Monterrey, antes de terminar su carrera en 1984, siendo campeón con los Leones jugando en esa temporada bajo la batuta del mánager cubano Carlos Paz, un total de 30 juegos con once hits.
Durante su trayectoria en la LMB, participó en 365 desafíos, con 191 indiscutibles, 17 de ellos dobletes, cinco triples y cuatro cuadrangulares, con 97 carreras anotadas y 57 producidas, para un .229 de porcentaje.
Su béisbol lo alternaba con un jocoso estilo de ser: bromista, muy directo.
Las anécdotas de su vida en la pelota son muchas.
Al retirarse se hizo mánager en Cancún y jugaba en ligas peninsulares, ganándose un sitio entre los más apreciados.
Vivía en Cancún, pero a Yucatán venía siempre. Una de sus visitas fue para siempre. Se le internó al sentirse mal y ya no pudo recuperarse. Una vez, en un torneo infantil en Peto, hablaba de sus andares en el béisbol. “Puede que no sea un gran pelotero, pero me contrataban porque sabía de béisbol. Eso vale más que todos los jonrones”, decía.
