Morante de la Puebla cuajó una gran faena en la tarde de su peculiar reaparición en Sevilla en el centro de un festejo de expectación desbordada, presenciado por el rey Juan Carlos I.
Los titulares previos de la corrida pertenecían al diestro Morante de La Puebla, que también iba a detentar los posteriores gracias a su entrega desmedida y a la impresionante comunión del público para firmar una excelsa faena con un toro de buen aire y fondo medido que le cuajó por completo de capa, muleta y espada.



Antes apenas había podido esbozar algún muletazo estimable con el inválido ejemplar de Garcigrande que abrió la tarde. Pero todo cambió con ese cuarto al que enjaretó un mazo de verónicas ceñidas, casi imposibles, y una media de excelente dibujo antes de emplearse en un quite de similar corte.
Con la muleta comenzó la siembra, iniciando su faena con unos muletazos al paso que preludiaron el toreo en redondo a los sones del pasodoble “Gallito”, perfectamente armonizado al aire y la atmósfera de un trasteo que tenía sabor a otro tiempo. Fueron rondas de muletazos ceñidos, rítmicos, girando sobre la cintura.
El toro y el tono pudieron bajar por el lado izquierdo pero la obra estaba hecha y el genio cigarrero cobró una estocada en la yema que alentó la petición. Cayó el primer trofeo y un segundo que aventó cierta división. Más allá de la aritmética estaba la trascendencia de su labor, la aclamada vuelta al ruedo y la expectación de las tardes que restan aún.
Pero hubo otras dos orejas en la tarde. Una la cortó Roca Rey. Antes se había medido con un segundo de más a menos al que templó a la verónica antes de replicar al ceñidísimo quite por saltilleras de David de Miranda. Fue una faena de echar toda la carne en el asador desde el inicio de rodillas pasando por una maciza fase central de toreo rehilado. La cosa, con el toro, fue bajando; también el entusiasmo del público.
El trofeo se lo iba a cortar a un quinto de importante fondo con el que no siempre se encontró a gusto. Hubo una primera parte de la faena más trabajosa antes de encontrar el aire definitivo y el son de una embestida que no terminó de ser apurada. El espadazo validó el trofeo.
Y otra oreja la cortó David de Miranda. Lo consiguió con el sexto, que le propinó una tremenda voltereta cuando lo recibió en la larga distancia sin enmendarse a pesar de la evidencia del percance. Repuesto, pero maltrecho se metió entre los pitones para dictar una faena de su más genuina personalidad que tuvo su mejor eco en los naturales a pies juntos. La espada entró y con ella la petición del trofeo.
Inicia una era
El festejo implicó el estreno de José María Garzón como empresario de la plaza de la Maestranza después de casi un siglo de gestión de la firma Pagés.
El rey Juan Carlos I presenció la corrida desde el palco de los caballeros maestrantes acompañado de su hija, la infanta Elena, y el teniente de Hermano Mayor de la Real Maestranza, Marcelo Maestre.— EFE
