El diestro madrileño Víctor Hernández, con la única oreja de la tarde, tiró de un templado valor y un puro concepto para poder destacar en la corrida del jueves en la Feria de Abril de Sevilla, en la que Morante de la Puebla hizo todo un despliegue de genialidades ante el cuarto toro y tras las que, pese a su fallo con la espada, fue sacado a hombros por la puerta grande de la Real Maestranza.
Fue así como, con una desatada euforia y en medio de cierta psicosis neomorantista, cientos de jóvenes se lanzaron al ruedo al final del festejo para intentar llevar al de la Puebla al otro arco, el de la Puerta del Príncipe, destinado a los triunfos con un mínimo de tres orejas y que, en este caso no permitió la autoridad, a pesar del fuerte empuje de sus partidarios.
Y todo vino provocado por la inclasificable faena que el sevillano le hizo al cuarto toro de los de Álvaro Núñez, estimulado sin duda por la excelente actuación de Hernández en el turno anterior y después de verse obligado a abreviar -de hecho comenzó el trasteo con la espada de acero- con un primero de lote rápidamente desfondado.
De ahí que, ya de partida, intentara fijar al colorado, “Colchonero” de nombre, recostado en la barrera y con largas a una mano para acabar de sujetarlo realmente con lances algo tropezados. Pero el maestro dejó así claro que esta tarde, dentro de su siempre sorprendentes versiones, tocaba el palo de la variedad y de la recuperación de suertes clásicas, con sabor añejo.
Por eso sacó del peto al de Núñez por tijerillas con el capote, para de inmediato coger las banderillas y protagonizar un tercio de asombroso clasicismo, con un primer cuarteo aseado y un sensacional y purísimo segundo par al sesgo que puso en pie, como un resorte, a todo el tendido por donde, instantes después, ya se desató una descomunal euforia cuando Morante pidió una silla de madera para, sentado en ella, cerrar brillantemente con un tercero al quiebro.
Hasta ese momento el toro había mostrado una dulce clase que no se acompañó luego de mayor brío y fondo, por lo que la faena de muleta, que comenzó Morante desde esa misma silla en recuerdo de Rafael “El Gallo”, no pudo concretarse en tandas de pases al uso, dentro de los estándares habituales, sino que resultó una sucesión de genialidades, alternando pases redondos y limpios con otros enganchados pero muy entregados, vistosos adornos y un natural invertido de 360 grados que enloqueció al ya desatado público.
De no haber pinchado al primer intento y de no necesitar de tres golpes de descabello para tumbar al noble ejemplar, a buen seguro que, dada la ebullición del entusiasmo, Morante hubiera vuelto a cortar otro rabo en Sevilla.
Pero no por ello hay que dejar en un segundo plano la labor de Víctor Hernández ante el tercero de la tarde de su presentación como matador en la Maestranza, porque estuvo marcada, de cabo a rabo, por un seco y auténtico valor natural para sacar el de Núñez los muletazos más largos, templados y perfectamente rematados de la corrida. Así Hernández y su valor, entre la locura de Morante.— EFE




