El banderillero Rafael González coloca un par ante la defectuosa embestida del toro, ayer en Las Ventas
El banderillero Rafael González coloca un par ante la defectuosa embestida del toro, ayer en Las Ventas

La terna de matadores de distintas nacionalidades que se anunció en la Plaza de Las Ventas resolvió con mucha dignidad las negativas condiciones que, por una básica mansedumbre, desarrolló el encierro de Saltillo, que hizo que el festejo, undécimo de la Feria de San Isidro, resultara espeso y opaco.

Sin responder apenas a las mejores hechuras de su encaste, los “saltillos” mansearon de salida mientras que en varas sacaron un áspero genio defensivo, para llegar ya al último tercio sin celo, sin emplearse tras los engaños en las fases iniciales de la faena y comenzar luego a distraerse hasta acabar yéndose sueltos y rajados.

Si acaso, alguna opción más ofrecieron el primero y el sexto, uno porque, aun sin clase, se movió un tanto más tras la tela, y el otro por tomarla con mayor humillación, aunque sólo en los dos primeros embroques de las tandas que, con insistencia, intentó ligarle con tesón, pero sin éxito el colombiano Juan de Castilla.

Con el que abrió plaza, en cambio, el español José Carlos Venegas escuchó la única ovación de la tarde al saber sostener y aplacar los breves y ásperos arreones.

De tal forma, en los otros cuatro turnos no hubo mucho más que destacar que las trabajosas bregas a las que obligó la mansedumbre tanto de los titulares como del horrendo toraco de Couto de Fornilhos que remendó esta encerrona ganadera de la que no desentonó.

El francés Juan Leal ya quiso mostrar su determinación abriendo directamente en los medios las faenas a los dos de su lote, un tercero sin raza alguna que siempre se fue suelto, y al que no logró centrar en la pelea, y ese último de la divisa portuguesa que también fue siempre a su aire, pero al que supo robar algunos muletazos largos, lo que facilitaban sus rebrincadas arrancadas.

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