¿Por qué en México estamos tan contentos?
La Selección ganó 2-0 en el partido inaugural del Mundial. Perfecto. Eso era una obligación.
Jugó contra Sudáfrica, una selección muy inferior en el papel. Perfecto. Debía ganarle. Lo hizo en el Estadio Azteca, con más de 80 mil aficionados empujando desde las tribunas. Perfecto. Era el escenario ideal.
Entonces, ¿de dónde sale tanta euforia?
Porque si algo dejó el debut mundialista es que México sigue siendo un equipo con un sinfín de dudas.
Durante días se habló del privilegio de jugar en casa. Del ambiente. De la presión sobre los rivales. De la historia del Azteca. De la ventaja que representa disputar un Mundial frente a tu gente.
Pero la localía no juega. La localía no mejora la circulación del balón. La localía no corrige errores defensivos. La localía no convierte a una selección irregular en candidata a algo importante. Y, sobre todo, la localía no garantiza victorias cuando enfrente aparece un rival capaz de competir.
Es cierto que la historia parece estar del lado de México. Sumando los Mundiales de 1970, 1986 y el debut de 2026, el Tricolor ha disputado 10 partidos como anfitrión y presume un balance de seis victorias, tres empates y apenas una derrota. Nunca ha perdido un encuentro de fase de grupos en casa. De hecho, en siete partidos de primera ronda registra cinco triunfos y dos empates.
Son cifras que explican por qué muchos creen que organizar una Copa del Mundo representa una ventaja.
Pero también existe otra lectura: México fue anfitrión en 1970 y alcanzó los cuartos de final. Volvió a ser local en 1986 y repitió la mejor actuación de su historia. Sin embargo, cuando aparecieron rivales de verdadera jerarquía, la historia cambió.
La única derrota mundialista de México jugando en casa llegó en los cuartos de final de 1970, cuando Italia lo goleó 4-1. Y en 1986, frente a Alemania Occidental, el equipo nacional no pudo ganar en 120 minutos y terminó eliminado en penales.
Es decir, la localía ha servido para avanzar. Lo que nunca ha demostrado es que sea suficiente para derrotar a los equipos grandes.
Y ahí es donde aparece la verdadera preocupación.
Porque después del triunfo sobre Sudáfrica algunos parecen convencidos de que México dio un golpe de autoridad. Se ganó y ya.
La verdadera prueba llega ahora. Corea del Sur representa un examen mucho más cercano a la realidad. Es una selección con velocidad, intensidad y una idea de juego mucho más moderna.
Y si el Tri mostró dificultades para imponer condiciones durante varios pasajes del partido inaugural, sería ingenuo pensar que no va a sufrir frente a un rival de mayor exigencia.
Porque una cosa es jugar contra un equipo que llegó al Mundial con pocas expectativas y otra muy distinta enfrentar a una selección acostumbrada a competir contra Japón, Australia, Irán y otras potencias asiáticas que han elevado su nivel.
Ahí se acabará la fiesta de la inauguración. Ahí ya no alcanzará con apelar a la emoción de jugar en casa. Habrá que jugar fútbol.
México tiene tres puntos y eso es una gran noticia. Nadie discute eso. Pero las dudas siguen ahí. Siguen sobre la capacidad ofensiva del equipo. Siguen sobre la generación de juego. Sobre la personalidad para competir cuando el rival tiene argumentos para responder.
El Mundial apenas comienza y México cumplió con lo mínimo: ganar el partido que estaba obligado.
Ahora viene lo difícil.
Porque la historia no recuerda a las selecciones que vencieron a los rivales accesibles en la fase de grupos. La historia recuerda a las que fueron capaces de derrotar a los buenos.
Y si México realmente aspira a hacer algo diferente como anfitrión, tendrá que demostrarlo muy pronto. Quizá tan pronto como el partido contra Corea del Sur. —Gonzalo Enrique Sandoval García
Periodista del Diario
