En octubre próximo, México organizará el evento de karate shotokan más importante que jamás se haya realizado en el país.

En gran parte, por el aporte que Yucatán le ha dado, y no arranca todo precisamente por un yucateco de nacimiento: fue un español, de Villafranca, León, el que llegó para establecer las bases formales para que este arte marcial transforme al karate empírico para convertirlo en lo que es hoy.

La historia parece romántica. Está ligada a la pasión de las artes, al deporte y al esfuerzo labrado de un continente a otro, casi con las manos vacías, como la descripción original: su traducción literal es “el camino de la mano vacía”, lo que hace alusión a que sus practicantes se defienden utilizando su propio cuerpo (manos, pies, codos y rodillas) sin armas artificiales.

En España, el joven José Fernández Moral (Villafranca del Bierzo, 2 de septiembre de 1947-Mérida, 7 de noviembre de 2018) se hace karateca y viaja en 1966 a París para hacerse cinta negra. El primer dan lo obtiene en 1969 en la Ciudad Luz.

En esa década, su hermana Elena conoce en Madrid al que sería su esposo, un yucateco apasionado de la música, Luis Espinosa Alcalá. Y luego, José Fernández recibe una invitación a explorar un área de oportunidad de su hermano político: “¿Por qué no vas a Mérida a enseñar?”, le sugiere su cuñado.

“Allá hay varios muchachos que entrenan, pero de manera empírica”.

Y manos a la obra. José Fernández Moral emprende un viaje a Yucatán, a construir, a educar, sin casi nada, salvo su voluntad.

“Y nunca dejó esta tierra, su segunda patria. Se sintió orgulloso siempre de poder hacer algo, de enseñar, de crear generaciones de karatecas, de maestros. Creo que estaría muy orgulloso de lo que está por venir”.

Lo que está por venir es la 5th ISKF World Shoto Cup, que, con un estimado de participantes de más de 40 países, significará la mayor concentración de karatecas en la historia del shotokan en México. Tendrá lugar entre el 22 y el 25 de octubre de este año en los salones Chichén Itzá del Centro de Convenciones Yucatán Siglo XXI.

Es, sin duda, lo sembrado desde inicios de los años 70 por varios karatecas que, más con entusiasmo que otra cosa, iniciaron el andar. Llegó el maestro Fernández Moral y les puso el sendero. Fue una transformación de las importantes, de las que han dejado huella grande.

Primera sede

Los inicios ordenados del karate shotokan fueron en la segunda planta de un edificio de la calle 63, en el centro de Mérida. Era un galerón, al que, primero, había que echarle el hombro para adecuarlo. Para entonces, familiares y amigos del matrimonio Espinosa Fernández fueron los primeros alumnos de José Fernández, y maestro y alumnos se pusieron manos a la obra, colaborando en los trabajos de albañilería.

Allá nació la primera escuela formal de karate shotokan, con José Fernández Moral como iniciador. La agrupación Karate do Shotokan en el Sureste de México fue fundada en 1972.

“Supe de la llegada del maestro José Fernández y del inicio de su academia de karate en 1972 por al ahora arquitecto Alejandro Medina Peniche, quien junto con otros alumnos del maestro Víctor Rosado se pasaron a la academia del profesor Fernández al conocer su gran superioridad técnica”, relata el sensei Pedro Torre López, cinta negra séptimo dan. “En 2016, el maestro Fernández me nombra director técnico y jefe de instructores de Shotokan del Sureste”.

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Rememora Torre López también sus primeras competencias formales y también los primeros nombres conocidos de este arte marcial en Yucatán: “Pocos años después asistí a un torneo en la entonces Universidad de Yucatán (calle 60 con 57), donde vi a varios de los primeros alumnos competir: Armando Tello Camino, Antonio Baduy Moscoso, Gilberto Rivera Tejeda, Alberto Hagar González, el “Mosco” Gual, Chikri Abimerhi…”

Y de allí, con ese grupo y muchos más, se fue fortaleciendo el karate shotokan yucateco, que se puso siempre un paso adelante con respecto del que se practicaba en otras partes del país. Pedro Torre coincide con la señora Elena Fernández: la resiliencia del maestro José Fernández y su espíritu de superación fueron base para que el karate shotokan siguiera. “A manos vacías, como es el lema original de este arte marcial”, señala la hermana del maestro Fernández. “Porque trabajó, procuró, enseñó. Y nunca se creyó ni el mejor, ni saber más que otros”.

La escuela creció. Él se quedó a radicar, hizo familia, se identificó como yucateco, aunque sin olvidar a su querida Villafranca.

Elogios al Dojo

Tuvo el shotokan varias sedes, pero el clímax llegó en el año 2000, cuando se inauguró el que es, para muchos, uno de los santuarios más grandes del karate en el mundo: el Dojo Central del Sureste, ubicado en la Avenida “Shutan” Medina, en el fraccionamiento Montecristo.

Las enseñanzas, gracias a las actualizaciones de Fernández Moral, aplicando exámenes de grado para él y para su comité técnico, hicieron que el karate se fuera perfeccionando, sin terminar, nunca, de alcanzar la cima. En 2015 aprobó el séptimo dan, convirtiéndose en el primer mexicano hasta su fallecimiento en noviembre de 2018. De sus alumnos, varios llegaron a ese séptimo dan, incluidos Pedro Torre y Manuel Carrillo Sáenz, dos de los pilares del Dojo.

El principal referente de la época más reciente, el máster Teruyuki Okazaki, que fue líder de la International Shotokan Karate Federation, reconocía cada año que venía a impartir cátedra en el Seminario en el Dojo las bondades del recinto, lo mismo que su sobrino Hiroyoshi, actual jefe de Instructores y titular de la ISKF. “Pocos como este, muy pocos, creados con tanta pasión y respeto al karate”, comentaba en febrero Hiroyoshi Okazaki, tras concluir su misión en el Seminario, pensando en lo que venía para octubre en la 5th ISKF World Shoto Cup.

El karate shotokan tiene su base en Yucatán en un recinto que ha recibido elogios incluso de japoneses y chinos, que son sus creadores.

Lo iniciado de forma empírica entre fines de los años 60 y 70 creció a pasos agigantados con la guía de Fernández Moral y su decisión de ir por la búsqueda de la mejora continua. Y en unos meses más, cosechará frutos que quizá nadie hubiera imaginado en aquellas pláticas amenas entre pasión, letra, música y lazos familiares en la Europa de hace casi seis décadas.— Gaspar Silveira

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