México tiene seis puntos de seis. Está en la siguiente ronda del Mundial. Y, sin embargo, cuesta encontrar entusiasmo.
No porque no gane. Sino porque gana como casi siempre han ganado los equipos del entrenador Javier Aguirre: sufriendo, resistiendo y renunciando a jugar cuando ya tiene ventaja.
La discusión, entonces, no debería centrarse en el resultado. El problema es más profundo: este México no es una sorpresa. Es un recuerdo. El recuerdo del Osasuna de Pamplona.
Aquel equipo de la temporada 2004-05 llegó a una final de Copa del Rey con una idea muy clara: competir sin la pelota. Aguirre lo moldeó como se moldean los equipos que no pueden permitirse el lujo de elegir cómo jugar.
En la final ante el Betis, Osasuna formó con Juantxo Elía en la portería; una defensa de trabajo con Cruchaga, Josetxo, Expósito y Clavero; en el medio, la doble contención de Pablo García y Patxi Puñal; por fuera Valdo y Delporte; y arriba Richard “Chengue” Morales junto a Pierre Webó.
Un equipo sin adornos. Sin concesiones. Sin romanticismo. Un equipo hecho para sobrevivir primero y competir después.
Ese mismo patrón, dos décadas después, aparece en México. No en los nombres. En las funciones.
“Tala” cumple el papel de Elía: portero de resistencia, no de espectáculo.
La defensa mexicana —con Jorge Sánchez, Johan Vásquez, César Montes (el jueves Edson Álvarez) y Jesús Gallardo— replica la lógica guiada por Cruchaga y Josetxo: orden y despeje antes que construcción.
En el centro del campo, Erik Lira y Luis Romo encarnan la versión moderna de Pablo García y Patxi Puñal: equilibrio, desgaste, poco brillo y máxima obediencia táctica.
Más adelante, Roberto Alvarado y Julián Quiñones ocupan el espacio de Valdo y Delporte: extremos más comprometidos con el regreso que con el desequilibrio.
Y arriba Raúl Jiménez, como entonces el camerunés Webó, vive aislado, peleando balones largos y sobreviviendo de lo que el equipo apenas consigue generar.
Los números ayudan a entender el espejo.
Aquel Osasuna de Aguirre en 2004-05 marcó apenas 46 goles en 38 partidos de Liga (1.21 por juego) y terminó en la parte baja de la tabla ofensiva del campeonato. Pero también fue un equipo competitivo, incómodo, que perdió poco por goleada y sostuvo partidos cerrados con una eficacia casi obstinada.
No era un equipo que dominara. Era un equipo que reducía el margen de error.
México está siguiendo la misma ruta.
Dos partidos. Dos victorias. Tres goles a favor y cero en contra.
Y, sobre todo, una constante: cuando se pone arriba en el marcador, el equipo baja metros, reduce riesgos y entrega la iniciativa.
No busca el control del partido. Busca el control del resultado. Como aquel Osasuna.
El problema no es que el método no funcione. Claro que funciona.
Javier Aguirre lo demostró en Pamplona, en Mallorca, en Zaragoza y en cada equipo que ha dirigido en contextos de urgencia.
El problema es otro.
Osasuna era Osasuna: un club modesto, sin obligación histórica de proponer otra cosa que sobrevivir.
México es una selección anfitriona de un Mundial, con más de 130 millones de habitantes y con una narrativa instalada desde hace décadas que habla de trascender, no de resistir.
Y aun así, en la cancha, se comporta como si su objetivo fuera no perder antes que ganar con autoridad.
Quizá por eso la crítica no termina de encontrar eco en el banquillo tricolor.
Porque Javier Aguirre no ha cambiado. Nunca lo ha necesitado.
Su fútbol siempre ha sido el mismo: orden, choque, estructura y supervivencia.
La diferencia es que antes dirigía a equipos que le pedían exactamente eso. Hoy dirige a uno que, en teoría, pide algo más que ganar.
Y ahí aparece la verdadera incomodidad de este Mundial. México está ganando.
Pero está ganando como el viejo Osasuna.
Y la pregunta inevitable ya no es si alcanza para avanzar. La pregunta es si alcanza para algo más que sobrevivir.
Porque aquel Osasuna pudo contra Zaragoza, Getafe, Mallorca y unos cuantos Albacetes. Pero a este México de Aguirre todavía no le toca enfrentar a los Barcelona y a los Real Madrid de este Mundial.— Gonzalo Enrique Sandoval García
Periodista del Diario
