Hay un momento en cada Mundial en el que el fútbol deja de pedir permiso.
Es el instante en que desaparecen las selecciones simpáticas, los caballos negros, las historias de Cenicienta y las apuestas sentimentales. El momento en que el Mundial deja de regalar esperanza para empezar a repartir sentencias.
Ese momento llegó este fin de semana.
Los cuartos de final acabaron con el romanticismo.
También acabaron con tres de las mentiras que más se repitieron durante esta Copa del Mundo.
La primera decía que el torneo había perdido calidad con la expansión a 48 selecciones.
Qué rápido envejeció ese discurso. Bastaron cuatro partidos para recordar que el problema nunca fue el nuevo formato del Mundial.
El problema era un tema de impaciencia.
Durante semanas muchos confundieron la fase de grupos con el torneo completo. Se desesperaron porque querían finales desde el primer día. No entendieron que un Mundial se cocina a fuego lento.
Y cuando por fin llegaron los cruces entre gigantes, aparecieron los partidos que justifican la espera de cuatro años.
La segunda mentira fue todavía más grande.
Creer que un solo futbolista puede ganar una Copa del Mundo.
México volvió a hacer lo que mejor sabe hacer durante un Mundial: subirse al tren del héroe de moda.
Durante noventa minutos este país se convirtió en experto en Noruega.
Las redes sociales se llenaron de banderas noruegas. De aficionados que juraban ir con Haaland. De personas que, hasta una semana antes, probablemente no podían nombrar a tres futbolistas de esa selección.
No apoyaban a Noruega. Apoyaban un nombre.
Y confundieron al mejor delantero del planeta con el mejor equipo del planeta.
Si Haaland hubiera nacido en Finlandia, Escocia o Liechtenstein, probablemente esas banderas también habrían aparecido en las redes sociales mexicanas.
Porque el fanatismo moderno ya no sigue equipos. Sigue tendencias.
Sigue nombres.
Sigue momentos.
Y el Mundial volvió a demostrar que eso no sirve para levantar la Copa.
Inglaterra no eliminó al mejor delantero del mundo. Eliminó a una selección que dependía demasiado de él.
Porque el fútbol no es tenis. Nunca lo ha sido.
La tercera mentira tiene un destinatario que seguramente hará enojar a muchos: Argentina está en semifinales. Lo merece.
Pero también es cierto que ha tenido, en el papel, el camino más amable entre los cuatro sobrevivientes.
Cabo Verde, Egipto y Suiza. Ese ha sido su recorrido.
Mientras Francia tuvo que derribar a Marruecos, España sobrevivió a Bélgica e Inglaterra dejó en el camino a una Noruega que venía de eliminar a Brasil, Argentina avanzó por una llave mucho más cómoda.
No es culpa del técnico Lionel Scaloni.
No es culpa de Messi.
Es el sorteo.
Pero fingir que todos han recorrido el mismo camino sería faltar a la verdad.
Las semifinales serán el primer examen frente a una potencia que tendrá la Albiceleste en este Mundial.
Y ahí empezará su torneo de verdad.
Porque los cuartos dejaron una enseñanza imposible de ignorar.
Las sorpresas venden camisetas.
Los verdaderos equipos levantan Copas.
Las estrellas venden comerciales.
Los colectivos escriben historia.
Y los románticos podrán seguir creyendo que un solo futbolista cambia el destino de un Mundial.
La realidad, afortunadamente, sigue siendo mucho más contundente.
Y mucho más hermosa.
Porque las Copas del Mundo no premian al más querido. Premian al mejor.
Y para descubrirlo había que esperar exactamente este momento.
Los cuartos de final terminaron de limpiar el camino. Ya no quedan cuentos de hadas, ni selecciones simpáticas, ni héroes solitarios. Solo sobreviven cuatro gigantes que saben perfectamente lo que pesa una Copa del Mundo.
Francia, España, Inglaterra y Argentina. Cuatro estilos. Cuatro historias. Cuatro formas distintas de entender el fútbol. Pero un mismo objetivo.
Ahora sí empieza la parte del Mundial que permanecerá en la memoria.
Porque las semifinales ya no admiten pretextos, ni caminos cómodos, ni golpes de suerte. A estas alturas solo existe una pregunta: ¿Quién es, de verdad, el mejor equipo del planeta?
Lo dijimos hace unos días: Lo mejor estaba por venir.
Después de estos cuartos de final, ya no queda ninguna duda. Lo mejor todavía está por verse. — Gonzalo Sandoval García
Periodista del Diario
