Luis Enrique Santander, árbitro central, observa la bronca entre jugadores del América y el Cruz Azul, el sábado durante el Clásico Joven
Luis Enrique Santander, árbitro central, observa la bronca entre jugadores del América y el Cruz Azul, el sábado durante el Clásico Joven

El fútbol inglés acaba de demostrar que un buen arbitraje no es aquel en el que los silbantes nunca se equivocan. Es aquel en el que, cuando lo hacen, existe un sistema capaz de reconocerlo.

El domingo, en el derbi de Manchester, el VAR intervino para validar el gol con el que el City derrotó 1-0 al United. Después, Pro Ref, el organismo que supervisa el arbitraje de élite en Inglaterra, admitió que había cometido un “error de juicio”. Reconoció que el jugador del City estaba en posición legal, pero que el VAR no valoró correctamente la influencia de un futbolista del City que estaba en fuera de juego y participó en la jugada. Hubo disculpa, comunicación con el Manchester United y, como consecuencia, los responsables del VAR fueron apartados de la siguiente jornada de la Premier.

No hay árbitros perfectos. Tampoco el VAR lo es. Lo que sí puede haber son instituciones capaces de decir: “nos equivocamos”.

Y ahí es donde el fútbol mexicano tiene un problema que va mucho más allá de una jugada mal sancionada.

Porque en México tenemos una vieja costumbre en todos los ámbitos de la vida: declarar que todo funciona bien mientras la realidad se empeña en demostrar lo contrario. El buen arbitraje mexicano es como el buen sistema de salud o el educativo: “no existe”.

Guardadas todas las proporciones —porque el fútbol es un juego y la salud pública y la educación no lo son—, hay una misma lógica detrás de ambas cosas: repetir que algo funciona extraordinariamente bien no hace que funcione.

El sábado, en el Clásico Joven, Cruz Azul no necesitó al árbitro para ganar. Fue mejor durante buena parte del partido, aprovechó los errores defensivos del América y llegó a estar 4-1 arriba antes de terminar ganando 4-3. La victoria cementera tiene méritos propios. El arbitraje de Luis Enrique Santander es otra historia. Hubo decisiones cuestionables, una bronca en la que quedaron dudas sobre posibles expulsiones y una actuación que difícilmente puede considerarse a la altura de un partido de esa magnitud. Pero aquí está la diferencia.

En Inglaterra, después del error, se abrió una investigación. Se asumió la responsabilidad. Y hubo consecuencias.

En México, lo habitual es otra cosa: termina el partido, se habla del árbitro durante unas horas, los programas de televisión encuentran otra polémica al día siguiente, aparece una nueva jornada y todos seguimos adelante. Nadie explica demasiado. Nadie parece responsable de nada. Y, sobre todo, nadie parece obligado a reconocer que el sistema falló.

Ese es el verdadero problema del arbitraje mexicano. No que Santander se equivoque. No que un árbitro deje de ver una falta, interprete mal una jugada o que el VAR tome una decisión equivocada. Eso también sucede en Inglaterra, España, Italia. El problema es que aquí parece existir una resistencia institucional a reconocer el error.

Nos gusta presumir que tenemos una de las mejores ligas del continente. Que nuestros estadios, nuestros clubes, nuestros jugadores y nuestros árbitros están a la altura de las grandes ligas. Pero una liga no se vuelve de primer nivel porque lo diga su departamento de comunicación. Se vuelve de primer nivel cuando sus instituciones tienen la capacidad de corregirse.

El fútbol mexicano no necesita árbitros que nunca se equivoquen. Necesita algo mucho más sencillo y, aparentemente, mucho más difícil: “árbitros e instituciones capaces de reconocer cuando se equivocan”.

Porque el verdadero problema no es equivocarse.

El verdadero problema es vivir en un país donde parece que admitir que algo funciona mal resulta más grave que arreglarlo.

Y así, jornada tras jornada, en México seguimos diciendo que todo está bien. Y ya no solo hablamos de fútbol.– Gonzalo Sandoval García

Periodista del Diario

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