Chichén Itzá
Irving Berlín Villafaña (*)
No muchos lo saben, pero yo viví los primeros años de mi vida en Pisté, en las cercanías de Chichén Itzá. Mi padre era comisario del lugar y mi madre una de las primeras guías de turistas que trabajaba en la imponente zona maya apenas custodiada por una pequeña casa con dos baños laterales encargados a “don Dorito”, quien los atendía, sacaba los papeles y hasta mataba las enormes culebras que se aparecían de cuando en cuando.
En muchas ocasiones acompañé a mi madre en su trabajo. Recuerdo con nitidez la sensación de libertad ingenua y felicidad que yo sentía al caminar por las grandes explanadas y algunos miedos derivados de las tantas serpientes de piedra y acaso un paso fallido en la cima del castillo que amenazó mi corta vida. En ese tiempo era habitual subir a todos los edificios, explorar las cámaras interiores del templo de los guerreros, del propio edificio de Kukulcán y el templo de las águilas contiguo al juego de pelota. No los recuerdo bien, pero visitaba con mucha frecuencia esos espacios interiores y no olvido trozos de las explicaciones que daba mi madre en torno a las preciosas pinturas murales y el significado de la mesa de los sacrificios. Parece que fue ayer. Hoy, casi 50 años después, nadie puede subir a los edificios y menos entrar a las cámaras interiores que esconden joyas de la cosmovisión maya lejos de las miradas de los visitantes. El deterioro del sitio en estos pocos años es notable, como da cuenta mi experiencia personal de niño visitante a todos los sitios que hoy están prohibidos. La ciudad sagrada de los itzaes se ha deteriorado más en cinco décadas que en cuatro siglos ocultada por la vegetación.
Chichén Itzá se ha convertido en sitio de peregrinación del turismo mundial. Cuando el poeta sirio libanés Adonis, candidato al Premio Nobel de Literatura, vino a Mérida invitado por el Meridafest, se negó a entrar al sitio profanado por tanta gente. Me dijo: “No quiero ver esta barbarie. Quiero resguardar las imágenes que tengo del sitio a través de mis lecturas. Los turistas son la plaga del siglo XX”.
Los espectáculos masivos que se han realizado allá han contribuido a la difusión del sitio que no acepta ya un alfiler, ni de comerciantes ni de turistas. Tales espectáculos no han sido contribuciones culturales a la cultura maya o yucateca, sino meros escenarios para eventos globales, entre los que destaca la millonaria ganancia del contubernio entre empresarios locales y transnacionales. Chichén Itzá no gana nada. La cultura maya no gana nada.
La última controversia fue la del concierto de Armando Manzanero, con más derecho, dijo él, que otros artistas ya que de niño, más que yo, habitó en la casa mayor del templo de Kukulcán. Amén de la curiosa anécdota, después del concierto al que no asistí, se puede decir que el evento como producto musical dejó mucho que desear: sonido deficiente y con errores de acoplamiento; artistas desentonados como no los he escuchado jamás; personalidades de talla mundial como Eros Ramazotti olvidando la letra de las canciones y perdido como un niño explorador entre la letra de las canciones y los compases; el maestro Armando Manzanero no se ve nada bien haciendo unos coros más anticuados que los pantalones acampanados. Y hubo gente que pagó cerca de quince mil pesos por eso.
Muy pocos ganaron con este concierto de Manzanero en Chichén Itzá. No ganó la arqueología ni la cultura maya. No ganó la presentación única y original de un espectáculo de calidad. No ganaron el arte y la cultura locales. Es verdad que muchos músicos y técnicos locales pusieron su talento y es loable el esfuerzo, por ejemplo, de Luis Ramírez y Secosur, creadores del video mapping de esa noche y del propio Pedro Carlos Herrera que se le ve dirigiendo la orquesta. No es suficiente. Doy testimonio biográfico del desgaste y deterioro que ha tenido esa zona en unas cuantas décadas. Parece que no, pero sí. Al ritmo que vamos, Chichén Itzá pronto será una maqueta para ver el pasado que no supimos cuidar. El más grande y universal de los músicos yucatecos, orgullosamente maya, lo debería comprender y abogar desde el día de hoy para que nunca vuelva a suceder. Se lo agradeceríamos tanto como sus hermosas canciones.— Mérida, Yucatán.
iberlin@prodigy.net.mx
Antropólogo y doctor en Ciencias de la Información
