El oficio de incordiar

José Rafael Ruz Villamil (*)

Aunque con algunas variantes, los cuatro Evangelios concuerdan al relatar que en algún momento de su itinerario como predicador itinerante Jesús de Nazaret decidió ir a Jerusalén en una visita revestida de algunos signos que acabaron haciéndola del todo peculiar.

Así, el evangelio de Marcos refiere en su capítulo 11 una preparación para esta entrada de Jesús a Jerusalén cuando él mismo envía a algunos de sus discípulos a procurar una montura, de manera cautelosa y reservada, según dejan ver los sobreentendidos en el diálogo entre los discípulos y los propietarios del animal, y que sugieren algún arreglo previo del Maestro con algún discípulo o simpatizante jerosolimitano. El hecho es que la elección de la cabalgadura es cosa del mismo Jesús: se trata de un asno joven que nadie ha montado, un pollino de índole particular ya que en el judaísmo de entonces el no haber sido tocado es condición previa para relacionar algo con Dios, lo que apunta ya a las intenciones del Galileo.

Llega, pues, Jesús acompañado de un grupo que le aclama: se trata de gentes que vienen con él de Galilea y que, entusiasmados, cubren el camino por el que Maestro transita con mantos y follaje, haciendo alusión a David, la referencia del mesianismo por antonomasia, y que, junto con la aclamación “hosanna” —ayúdanos, sálvanos, rescátanos— redondea una imagen intensa de expectativa mesiánica.

Ahora bien, por mesianismo hay que entender la corriente del pensamiento religioso judío que insiste en la espera confiada y convencida de una intervención del Yahvé de Israel a favor de su pueblo. Esta idea cobra fuerza en el lapso que va del postexilio, hacia el siglo IV a. C., al primer tercio del siglo I y en el que Israel —a excepción de algún intervalo regular— no conoce ni paz, ni autonomía, ni dignidad ni libertad, habiendo estado, como estuvo, invadido y ocupado por diferentes potencias que, amén de interferir en las costumbres religiosas judías, expoliaron la economía del pueblo llano en connivencia del sector aristocrático residente en Jerusalén. Esta intervención de Dios se espera en la persona de un mesías, esto es, de un ungido que, según las diferentes corrientes religiosas de entonces, se identifica con un rey, o un sacerdote o un profeta. Y, aunque la imagen de Jesús de Nazaret es más próxima a la de un profeta —y así es percibido por muchos de sus contemporáneos—, nada que ver tiene con la figura de un sacerdote y, mucho menos, con la de un rey. Y sin embargo, el ambiente mesiánico con que él mismo rodeó su entrada a Jerusalén es indudable.

El núcleo de la cuestión habrá que buscarlo en el mismo evangelio de Marcos que tiene como primer recuerdo de la predicación de Jesús el anuncio de la llegada del Reino de Dios: es, en efecto, la soberanía de Dios como Padre universal la apuesta y la propuesta del Maestro. Soberanía de Dios que muestra y hace experimentar, en un primer momento, en la praxis cumplida en Galilea, pero que consecuentemente querrá llevar a Jerusalén como el lugar religioso privilegiado y centro neurálgico que es del judaísmo: allí la praxis del Reino habrá de ser sometida a una confrontación decisiva con el pensamiento religioso oficial e institucional que, por cierto, ni se interesa ni participa de mesianismo alguno.

Todo parece indicar, entonces, que en su entrada a Jerusalén Jesús no pretende ser reconocido él mismo como el Mesías, sino llevar el Reino de Dios como desafío mesiánico a lo que se ha convertido la sede del inmovilismo religioso y político merced, en muy buena parte, al sometimiento a los intereses del Imperio romano: tal es el sentido del burro que monta en contraposición del caballo —cabalgadura real por excelencia—, tal es el sentido de esos cuantos galileos entusiasmados sí, pero tan distantes de un ejercito y, más aún, de la corte de un Rey.

No cabe duda de que el desafío mesiánico que vino a ser la entrada de Jesús de Nazaret a Jerusalén resultó bien comprendido por las autoridades religiosas y políticas de entonces: su respuesta vino a ser la cruz. Así y aunque una comparación histórica entre la dominación del Imperio romano con las dominaciones actuales es asunto complejo, la resultante del sometimiento es harto similar y exige mantener —particularmente a los discípulos de Jesús— el desafío mesiánico del Maestro a los centros factuales de poder para continuar la causa liberadora del Reino de Dios.— Mérida, Yucatán.

ruzvillamil@gmail.com

Presbítero católico

 

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