El oficio de incordiar

José Rafael Ruz Villamil (*)

Cuando los primeros predicadores cristianos y, posteriormente, los redactores de los evangelios tuvieron que elegir un término del griego, que como lengua franca se hablaba en el Imperio Romano, para traducir la palabra amor usada por Jesús de Nazaret en su arameo natal, optaron, entre tres posibilidades, por el verbo agapáo que refiere la relación serena de aprecio y aceptación amistosa y, en cuanto viene a traducir el hebreo daba que significa “pegarse a”, tiene connotación de adhesión y de fidelidad, a diferencia de eráo con significado de intimidad sexual y atracción por lo bello, y filéo que habla del afecto familiar y el gusto por las cosas.

Y es que en el capítulo 15 del evangelio de Juan el Maestro habla del amor con intensidad particular. En efecto, luego de plantear un correlato —o, mejor, un continuo— entre el amor del Padre consigo mismo, y de sí con sus discípulos, Jesús relaciona explícitamente el amor con el guardar sus mandamientos. Ahora bien, puesto que guardar sus mandamientos quiere decir conocerlos, comprenderlos y cumplirlos, el Galileo lleva a los suyos a una muy determinada comprensión del amor relacionada, sí, con la adhesión y la fidelidad, pero también y sobre todo con el ejercicio intelectual de la comprensión, al punto que puede afirmarse que el amor es consecuencia del conocimiento que, a su vez, resulta su expresión más acabada. Es pues, justamente, el conocimiento lo que transforma al hombre en discípulo de Jesús de Nazaret: “No les llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes les he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se lo he dado a conocer”.

Vale en este punto aclarar que el término siervo no viene usado aquí de manera despectiva o, mucho menos, de manera iniciática —el paso de siervo a amigo como el ascenso de rango en las religiones mistéricas—, sino como mero término de comparación. Aunque hay que apuntar que, de modo análogo a la tradición del Antiguo Testamento en la que los profetas se designan a sí mismos como siervos de Dios, en el seguimiento de Jesús los discípulos han de tenerse a sí mismos como siervos: “De igual modo ustedes, cuando hayan hecho todo lo que les mandaron, digan: No somos más que unos pobres siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Ahora bien, el conocimiento no se refiere aquí a un momento místico de revelación, sino a la experiencia de conocimiento que los discípulos han vivido a lo largo del itinerario existencial del Maestro y que resulta decisiva para su calidad de amigos-discípulos, particularmente en el horizonte del evangelio de Juan en el que la distinción entre un amigo y un esclavo es, justamente, el conocimiento que acaba derivando en amor.

Ahora bien, el conocimiento recibido por los discípulos y que los lleva al rango de amigos con lo que esto supone de proximidad no está orientado a generar una élite intelectual por encima de la generalidad de las personas, sino al servicio de una praxis muy concreta: a la suma de ideas y acciones derivadas del evangelio de Jesús el Cristo y orientadas a transformar al mundo en el Reino de Dios. En este sentido, la elección como amigo-discípulo del Maestro y el mandamiento del amor intracomunitario vienen a ser las referencias esenciales de un grupo con un comportamiento nuevo —“que se amen los unos a los otros”—, para que, con la aprobación y la protección de Dios —“de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda”—, camine por la vida haciendo presente, de manera permanente, la voluntad del Padre Creador en relación con la justicia, la fraternidad y la igualdad radical —“les he destinado para que vayan y den fruto, y que su fruto permanezca”—.

Como se echa de ver, nada de lo arriba expuesto tiene que ver con el amor cortés o el amor romántico que han venido a ser el contenido usual del verbo amar con el énfasis puesto en el sentimiento. Para Jesús de Nazaret, el amor entendido como conocimiento resulta condición “sine qua non” para acceder a su amistad, de donde hay que inferir que la relación intelectual con el Evangelio viene a ser decisiva no sólo para conseguir la presencia del Reino de Dios, sino como aportación y crítica para una sociedad en la que la ignorancia funcional acaba siendo cobija de la desigualdad.— Mérida, Yucatán.

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Presbítero católico

 

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