feminicida de tahdziu

 

Marcelo Pérez Rodríguez (*)

Lo que hagamos los adultos por los niños en la primera infancia, para bien o para mal, repercutirá en la juventud y en la vida adulta. Por eso es importante que los menores tengan en los primeros años de vida una alimentación sana, educación que estimule la creatividad y desarrollo de potencialidades, recreación, cuidados, seguridad, tranquilidad y amor.

Sin embargo, hemos quedado a deber a los pequeños, no les hemos dado lo que se merecen. Y lamentablemente esto repercute en la sociedad al tener a niños y adolescentes en la marginación, en la pobreza, con desnutrición, inmersos en la violencia, sin educación y viviendo en la incertidumbre, sin una infancia plena.

Es natural que estos menores al crecer lleven en sus espaldas y mentes fuertes traumas, frustraciones, desilusiones, enfermedades crónicas y malas experiencias que proyectarán como jóvenes y adultos en la sociedad y repetirán, en un interminable círculo vicioso, con los hijos.

¿Qué deseamos para nuestros hijos? ¿Qué sociedad anhelamos ahora y para el futuro? Entonces de acuerdo con las respuestas es la forma como debemos educar a los pequeños, principalmente desde los primeros años de vida.

Es en la primera infancia en donde el niño puede desarrollar mejor sus habilidades, talentos, potencialidades y educarse mejor con valores, amor a la vida y respeto a los demás. Pero es necesario una buena alimentación, apoyos de los padres, un ambiente de afecto y una política pública que vele por sus derechos y sano desarrollo.

Empero, si hay una realidad sombría de hambre, marginación y pobreza en millones de niños, como se refleja en las estadísticas del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), entonces estamos llevándolos a una vida de necesidades, de frustraciones e incertidumbre.

Es doloroso que más de 20 millones de niñas y niños y adolescentes vivan en la pobreza en el país. Además, un 52.3 por ciento de los niños entre cero y 11 años, más de la mitad, viven en estas circunstancias y un 9.7% en la pobreza extrema. Ni qué decir de los menores indígenas, pues la pobreza flagela a cerca del 80% en este sector marginado.

No es halagüeño este oscuro panorama, pero sí es necesario que todos hagamos algo para salir de este enorme bache que daña sobremanera la integridad física, la mente y las emociones de millones de niños y adolescentes, principalmente las autoridades para crear estrategias que ayuden a mejorar la salud, la educación y la calidad de vida de los infantes.

Ante este preocupante problema, dirigentes nacionales del Pacto por la Primera Infancia y de Un Kilo de Ayuda, así como agrupaciones locales que forman parte de las más de 350 organizaciones nacionales e internacionales de la sociedad civil que pugnan por los derechos de los niños y niñas, unen esfuerzos y buscarán que los candidatos a la gubernatura firmen el Pacto por la Primera Infancia.

Es tiempo ya de que estos políticos se comprometan y no solamente hablen de combatir la pobreza y de apoyar a los niños y adolescentes en los discursos. Ya estamos cansados de tanta palabrería y de combatir la pobreza cada seis años, sin logros palpables.

En nuestro estado el 52.8% de los menores de 0 a 17 años viven en la pobreza. Es lógico que tengan desnutrición, anemia y otras enfermedades. Además, una cantidad considerable de pequeños menores de cinco años tienen desnutrición crónica. Y para colmo, el 62.3% de niños yucatecos de 0 a 5 años experimentan violencia en el hogar, como métodos educativos.

De esta manera, con desnutrición, enfermos y sin afectividad, es natural que muchos pequeños no vayan a preescolar, otros deserten de las primarias y muchos no tengan acceso a otros niveles educativos.

Ante esto es necesario aplicar políticas públicas que apoyen a los padres en la formación de los hijos y a los menores en cuanto a alimentación, educación y salud, más si hay un presupuesto especial en la entidad dirigido a niños, adolescentes y la primera infancia. No se desean despensas ni regalitos, sino compromisos en serio para atacar este problema que daña la calidad de vida de muchos menores.

Hay que hacer algo y mucho por las nuevas generaciones. Son nuestro presente y futuro. Hemos olvidado el valor de la infancia. Hoy es necesario hacer un pacto con ellos y por ellos. La educación y formación que le demos a los niños y niñas lo veremos en el avance de la sociedad.— Mérida, Yucatán.

Profesor

 

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