El oficio de incordiar
José Rafael Ruz Villamil (*)
Idealizada por la piedad popular que busca presentarla como más que perfecta, al punto de parecer sobrehumana, la familia de Jesús de Nazaret vivió más de un conflicto álgido, como suele suceder en casi todas las familias. Y es que, si como ha dicho la Iglesia en el Concilio Vaticano II, el Maestro “trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre” (“Gaudium et spes” 22), cuánto más su madre y su parentela. De lo anterior da buena cuenta el evangelio de Marcos que, solo él y en su capítulo 3, guarda un momento particularmente difícil en el itinerario del Galileo.
Es, pues, este texto de Marcos el que matiza el cuadro idílico de la familia del Maestro cuando recuerda una intentona para acabar con su ministerio recién iniciado: “Vuelve a casa. Se aglomera otra vez la muchedumbre de modo que no podían comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de él, pues decían: ‘Está fuera de sí’”. Y es que los parientes de Jesús no podían considerarlo de otro modo: habría que estar loco para, desafiando el código de honor y vergüenza que rige las sociedades de entonces, cambiar de oficio en plena adultez y, correlativamente, abandonar el sitio ya obtenido en el medio social: dejar lo que venía a ser el respetable y no mal remunerado trabajo de “tékton” —trabajador manual de la piedra, la madera, el metal y más, orientado a la construcción— por la vida de un predicador carismático itinerante, entendiendo por carismático a quien no pertenece ni está supeditado a institución religiosa alguna. Una vergüenza que, dado el concepto de familia vigente, no solo afecta al propio Jesús sino a toda su parentela.
En este punto, vale apuntar que todo indica que el entorno familiar de Jesús no es tanto nuclear —padre, madre e hijos— como extenso, o sea incluyente de varios grados de parentesco, mismos que se diluyen dado que las familias del medio rural de la Galilea del primer tercio del siglo I suelen vivir en conglomerados unitarios y patrilocales de casas para las familias nucleares, construidas en torno a un patio común donde se comparte la cocina, el espacio para estar donde los niños —todos— juegan y conviven como, literalmente, hermanos adquiriendo de este modo los derechos morales de hermanos consanguíneos. De ahí la autoridad que los parientes de Jesús consideran tener en relación con él para, fracasado el primer intento de volverlo a la cordura, reincidir luego con una presión mayor con su madre de por medio: “Llegan su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: ‘¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan’. Él les responde: ‘¿Quién es mi madre y mis hermanos?’. Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro a su alrededor, dice: ‘Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre’”.
Es, pues, esta presión familiar lo que empuja al Galileo a optar por una familia subrogada —esto es, una familia alternativa y supletoria de aquella biológica— que él mismo genera a partir de vínculos más fuertes que el mero parentesco: a partir de Jesús de Nazaret el nexo que une a los discípulos entre sí y con el Maestro es —por encima del mismísimo vínculo familiar— la causa del Reino de Dios que, además y correlativamente, queda como referencia crítica de la institución familiar si ésta se reduce a un mero fenómeno biológico cohesionado por la economía y la presión social.
Y es que los intereses familiares —entonces y ahora— suelen no ser tan puros como se pretende a partir de una cierta mistificación de la propia familia. Cuna de valores éticos, sí, la familia —hoy como en tiempos de Jesús— suele ser también lugar del ejercicio de poder del padre cuando su autoridad se sustenta meramente en el control de la economía doméstica y, por otra parte, espacio de presión castrante cuando la madre vuelca sus frustraciones como mujer y como persona en sus hijos. Frente a esta posibilidad real, se mantiene vigente la alternativa familiar de un colectivo que basa su calidad humana en el Evangelio y que tiene como nexo, paterno, filial y fraterno, la causa de Jesús: el Reino de Dios para el bien del mundo.— Mérida, Yucatán.
ruzvillamil@gmail.com
Presbítero católico
