Mirada antropológica

Rodrigo Llanes Salazar (*)

México le ganó a Alemania, al campeón del mundo, a una de las selecciones favoritas (junto con las de Brasil, España y Francia) para coronarse de nuevo en Rusia. Parecía imposible. La historia distante —la trágica derrota 6-0 de 1978, cuando los alemanes incluso se refirieron a los mexicanos como “ratones verdes”— y la reciente —el 4-1 también contra Alemania, en la Confederaciones, o el humillante 7-0 ante Chile— pesaban. O tal vez no tanto.

Uno de los lugares comunes sobre “México” y “lo mexicano” que se aplica también a la selección nacional es que padecemos de un “complejo de inferioridad”, que somos los del “ya merito”, los que tenemos como consigna el “sí se puede”, aunque no podamos; “nos achicamos”, llegó a expresar Ricardo La Volpe. Por eso, el periodista Raúl Vilchis preguntó en “The New York Times”: “¿Tiene México la fortaleza mental para aprovechar su evidente capacidad futbolística y trascender esa inquietante reputación del que pierde en octavos?”.

Para combatir el presunto complejo de inferioridad mexicano, el polémico director técnico Juan Carlos Osorio incluyó a Imanol Ibarrondo, un entrenador “mental” español, fundador del Instituto de Coaching Deportivo, para motivar a los jugadores a centrarse en el pensamiento positivo, a confiar en sí mismos; a pensar en el presente, no en el quinto partido (“NYT”, 6-6-18).

Ayer México no se mostró con ningún complejo de inferioridad; no se “achicó” ante la Mannschaft. Como declaró Hirving Lozano, anotador del gol del partido, se “partieron la madre” en la cancha e inflaron el orgullo mexicano. Los memes son ilustrativos: han santificado a Memo Ochoa; la pena es haber perdido la quiniela.

El triunfo de México sobre Alemania tiene lugar en un momento donde no hay muchos motivos de orgullo compartidos por las y los mexicanos. En pleno proceso electoral, la ciudadanía está harta de los escándalos de corrupción y de la brutal violencia en el país; también se ha confrontado visceralmente en redes sociales e incluso en las calles. No sé si esto ha afectado a la afición mexicana por el fútbol, como sí lo ha hecho en Brasil, en donde la corrupción en la propia Confederación Brasileña de Fútbol y la derrota 7 a 1 ante Alemania han provocado que el 53% de los brasileños no estén interesados en el Mundial, a pesar de ser el favorito del campeonato (“NYT”, 16-6-18).

En un mundo marcado por identidades post-nacionales (como las llamó el filósofo Jürgen Habermas), “la nación” es motivo de orgullo para pocas personas. Es común escuchar el conocido poema de José Emilio Pacheco, “Alta traición”, que reza “No amo mi patria. Su fulgor abstracto es inasible…”. La canción titulada simplemente “México”, del Instituto Mexicano del Sonido, no es una oda a la patria, sino que canta “Verde de mota, blanco de coca y rojo tu sangre… Estado fallido, campeón. Orgullosos patios traseros al sonoro rugir del cañón”.

Y el mundo está cambiando. Cuando pensábamos que la globalización erosionaría las identidades nacionales, vivimos un nuevo auge de nacionalismos, no siempre para bien: los nuevos nacionalismos han estado acompañados de prácticas y discursos racistas, xenofóbicos, anti-inmigrantes. Cuando creíamos que el libre mercado parecía no dar marcha atrás, vemos a Estados Unidos asumir nuevas políticas proteccionistas.

En ese contexto, tal vez las mayores coincidencias entre los mexicanos en los últimos años han sido justamente en respuesta a los discursos nacionalistas-racistas de Trump y sus políticas proteccionistas. Un sentimiento antiTrump une a los mexicanos. Frente a los recientes aranceles que Estados Unidos puso al acero y al aluminio de México y Canadá, incluso analistas críticos aplaudieron la pronta respuesta del gobierno mexicano de imponer una serie de aranceles a nuestro vecino del Norte.

Además, el nacionalismo racista ha afectado también al fútbol y probablemente afectará al Mundial. En un partido amistoso entre Rusia y Francia el mes pasado, aficionados —presuntamente rusos— se burlaron de los jugadores franceses negros Paul Pogba y Ousmane Demélé. Aficionados e incluso directores técnicos de diversos países se han burlado de jugadores negros, llamándoles monos e incluso lanzando plátanos al campo de fútbol. La organización Fútbol contra el racismo en Europa ha registrado por lo menos 89 agresiones racistas en Rusia entre 2016 y 2017 (“NYT”, 16-6-18).

Posiblemente la selección mexicana se ha convertido en el mayor símbolo nacional del país, incluso por encima de la Virgen de Guadalupe, como escribió ayer en este espacio Jorge Zepeda Patterson. Pero las banderas tricolor ondeadas ayer, los “Cielito lindo” cantados, los “sí se pudo” coreados, las multitudes congregadas en el Ángel, en el Monumento a la Patria y otros sitios emblemáticos del país no unirán a México en tiempos de intensa polarización electoral. Es imposible. El nacionalismo siempre ha sido excluyente, tanto en el interior como en el exterior de las fronteras nacionales.

Entre académicos, intelectuales y algunos antipáticos hacia el fútbol y/o a la selección nacional es común escuchar críticas sobre la excesiva atención prestada al fútbol y el descuido a otros deportes. Tampoco faltan los aguafiestas que, mostrándose críticos, minimizan el triunfo de la selección nacional acusando cuánto nos supera Alemania en educación, salud y otros ámbitos. No falta quien, parafraseando a Marx, diga que el fútbol es el opio del pueblo y que durante el mundial la clase política cometerá fechorías —seguro las hará o intentará, como suele hacerlo con o sin mundial.

Como también escribió Zepeda Patterson, probablemente el desempeño de la selección en Rusia no tenga ningún efecto en la elección en México. Pero si el triunfo ante Alemania —y la posible clasificación a la siguiente ronda e incluso llegar al ansiado quinto partido o avanza aún más— logra que las y los mexicanos terminemos de dejar de creernos el complejo de inferioridad que se nos atribuye; si nuestro nacionalismo antiTrump y futbolero provoca momentos de solidaridad y gozo mutuo en momentos de hartazgo y confrontación, pues sí, gritemos ¡Viva México!— Mérida, Yucatán.

rodrigo.llanes.s@gmail.com

@RodLlanes

Investigador del Cephcis-UNAM

 

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