El oficio de incordiar

José Rafael Ruz Villamil (*)

En la costa de Cafarnaún, el retorno del Maestro provoca una aglomeración de entre la que surge Jairo, uno de los jefes de la sinagoga, que le pide su intervención en relación con la enfermedad de su hija: una imposición de manos, el gesto propio de los curadores populares dispuestos a usar sus manos en un tratamiento directo de la enfermedad, a diferencia de los médicos contemporáneos que luego de analizar, prescriben la cura.

Así comienza en el capítulo 5 del evangelio de Marcos, el relato que recuerda a Jesús de Nazaret en relación con dos mujeres enfermas y correlativamente impuras en esa Galilea del primer tercio del siglo I, donde la medicina está poco desarrollada en comparación con aquélla de Egipto o Grecia: la prohibición legal de tocar cadáveres y, por consiguiente, la imposibilidad de la disección de los mismos impide el conocimiento de la fisiología necesario para generar terapias eficaces; así, el médico judío se limita al tratamiento de enfermedades externas, como heridas, afecciones cutáneas y fracturas. Los remedios son, correlativamente, escasos: ungüentos y vendajes para el tratamiento de las llagas, vino como desinfectante, emplastos de higos y otros menjurjes, a más de plantas medicinales y aguas minerales.

Vale recordar que para el hombre mediterráneo de entonces la enfermedad se traduce en una situación existencial que deriva en la pérdida de significado al experimentar como disminuida o de plano perdida su situación social; a lo anterior hay que añadir que en Israel el código puro/impuro, si bien proporciona claridad de significado y coherencia en la conducta social, también genera exclusión. Así y por consiguiente, la recuperación de la salud no sólo acaba produciendo el bienestar físico, sino la rehabilitación y la inclusión social: este es, pues, el núcleo del problema de la hija de Jairo, pero sobre todo de la segunda mujer del relato en cuestión.

Y es que esta otra mujer vive una dolencia que es, además de harto vergonzosa, fuente continua de impureza para quien se relacione con ella: “Cuando una mujer tenga flujo de sangre durante muchos días (…) quedará impura, mientras dure su flujo, como en los días del flujo menstrual. Todo lecho en que se acueste, mientras dura su flujo, será impuro (…) y cualquier mueble sobre el que se siente quedará impuro (…). Quien los toque quedará impuro…”. De ahí que, “habiendo gastado todos sus bienes” en la medicina profesional —asunto que sugiere que se trata de una viuda adinerada o de una mujer que, adoptando las costumbres romanas, gestiona de manera independiente sus haberes— busca remedio a su mal en Jesús: conociendo la capacidad sanadora del Galileo se le acerca como a escondidas, como con pena, pero llena indudablemente de fe, misma que ve colmada cuando luego de tocar el manto del Maestro “se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal”. Jesús de Nazaret la percibe y, ajeno a su impureza, no sólo le confirma su rehabilitación, sino que con el tratamiento de “hija” la incluye con delicadeza al grupo de los suyos.

Ahora el Maestro se dirige a la cámara mortuoria de la joven ya fallecida, desafiando una vez más el código puro/impuro: “El que toque un muerto, cualquier cadáver humano, será impuro siete días”. Y es ahí, ante el cuerpo inanimado de la muchacha, donde dice de modo imperativo una frase que el texto conserva en arameo: “Talitá kum”, que de no ser porque vine traducida —“Muchacha, a ti te digo, levántate”— hubiera pasado como una especie de fórmula mágica: no lo es en modo alguno: la palabra de Jesús viene acompañada por el gesto entrañable de tomar la mano de la joven para levantarla del sueño de la muerte.

Vale subrayar que la experiencia de fe no tanto como asentimiento conceptual a la verdad, cuanto materializada en la curación de la mujer “que padecía flujo de sangre desde hacía doce años” y en “la muchacha [que] se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años” ha de entenderse en su contexto natural: la praxis del Reino de Dios que desafía y desacredita cualquier código o sistema que genere exclusión. Y es que los signos de Jesús de Nazaret —que hacen saltar por los aires leyes o costumbres que cobijan la desigualdad— están orientados, con discreción, delicadeza y extraordinaria humanidad, al bienestar del hombre: “Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer”.— Mérida, Yucatán.

ruzvillamil@gmail.com

Presbítero católico

 

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